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La última noche del verano

La última noche del verano gana cuerpo en el horizonte. Las luces municipales se prenden a un tiempo, las pocas que hay, dejando un manto anaranjado sobre las calles. El viento sopla con más ganas que en los meses anteriores y ya no trae la brisa marina ni el calor sofocante del estío. Trae frío. Por eso esta es la última noche del verano.

El cónclave está listo, esta vez frente al poyete del lavadero. Es un lugar estratégico pues la pared del edificio tapa el aire, hay dos faroles cerca, los mirones se ven llegar de lejos y las casas cercanas son del selecto grupo que se va a reunir. Nada de chismosos oídos ajenos, sólo ellas. Ese es su feudo, en el que ordenan y mandan según sus propias normas, por extrañas o arbitrarias que puedan parecer.

Al rato de terminar la cena y ya con los cacharros fregados y la cocina limpia, empiezan a asomar a las puertas con sus sillas de tijera o sus tajos de madera a cuestas. Los saludos son amables pero recelosos: todas quieren ser la primera en abrir fuego para tener oportunidad de comentar algo sobre las que aún no han llegado. Porque así son ellas: una piña indivisible en la que los piñones disfrutan malmetiendo los unos sobre los otros.

– ¿Y la Tadea?

– Deja, ya llegará.

– No, si lo digo porque su hijo anda con la moto yendo mucho al villorrio, que dicen que tiene querida allí.

– ¿Dicen?

– Dicen.

El villorrio es el pueblo de al lado, algo más grande y de ahí el sobrenombre despectivo. Las cuatro mujeres, una con batín rosa, otra con la manta de ganchillo, otra con un blusón negro y largo y la última con mantón y rulos en el pelo, devoran los chismes sobre la Tadea aumentándolos en tamaño e importancia, y para cuando su compañera llega y se sienta en el poyo del lavadero, el hijo ya tiene mujer, un vástago y el segundo en camino.

Por supuesto la conversación cambia en cuanto ven a su amiga —porque pese a todo ellas se consideran así, amigas—, de tal forma que la recién llegada ni se entera de la ficha que le han hecho entre todas. Se lo imagina pues conoce el percal, pero ojos que no ven, corazón que no siente. Son verdaderas profesionales del asunto. La charla continúa con comentarios sencillos pero certeros sobre actualidad, desgranándola con la simpleza de sus mentes iletradas y la sagacidad de una vida llena de vivencias enriquecedoras. Que la mitad de ellas apenas pueda escribir más que su nombre no significa que sean estúpidas. No tardan en meterse, inevitablemente, en las maledicencias del pueblo: un cenagal de cotilleos y rumores que ellas con buena lengua viperina despachan a gusto.

Llegado un momento que nadie menciona pero todas parecen conocer el cónclave se da por terminado y el campamento se levanta sin cruzar media palabra. Sólo se lamentan, mirando el firmamento oscuro y nuboso, del fresco que arrecia dando fin a sus tertulias a pie de calle. Ha sido la última noche del verano, y mientras se retiran a sus casas con sus asientos bajo el brazo, calculan los meses que faltan para volver a disponer de esa pequeña y pintoresca comunidad que forman ellas, el estío, y las estrellas.

 

Foto de portada: ©miguelibars

 

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