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La última filósofa

A las afueras de la aldea, justo en la última calle antes de coger la carretera comarcal que da acceso a la civilización, están las últimas casas que se construyeron antes de que el mundo se olvidase de ese recóndito lugar perdido entre valles y mesetas. Allí es donde, desde hace muchos años, vive una mujer solitaria que es motivo de habladurías por toda la comarca.

Por las mañanas sale temprano a caminar. Es joven aún, con los cincuenta no demasiado pasados, y todavía puede andar largos trechos hasta que el hambre llama a las puertas de su estómago aconsejándole iniciar la vuelta a casa. Para cuando quiere regresar a su hogar ya se ha cruzado con varios  vecinos que le miran tan sorprendidos como cada día, sin saber muy bien cómo responder a su cortés forma de saludar. Todos han concluido que es una mujer extraña y hay que tratarla de manera diferente al resto.

A mediodía sale de nuevo de su refugio entre las últimas casas de la aldea y se acerca al ultramarinos de José para comprar el pan, la prensa y unas pocas cosas más. Después se acerca hasta el bar, toma siempre un café con leche con un pincho de tortilla, y escandaliza a los parroquianos al hacerse un hueco entre los hombres para jugar un par de partidas al dominó. No juega al cinquillo o la brisca con las mujeres, no. Juega al dominó con los hombres. Qué excentricidad.

Con su particular forma de poner a todo el pueblo en su sitio se despide hasta el día siguiente volviendo a buen paso hasta el final de la aldea, a su refugio. Cierra la cancela, cierra la puerta y se encierra en sí misma tratando de esconderse del mundo mediocre que le acecha fuera de esas cuatro paredes. Hace la comida y la lleva al salón, en el que todas las paredes están repletas de estanterías con superpoblación de libros. En una esquina centellea el texto de su próximo trabajo en la pantalla del ordenador, así como una partida de ajedrez a medias que juega contra una paciente máquina que esperará su próximo movimiento eternamente si hiciera falta.

El pasillo hacia su dormitorio también tiene librerías, esta vez llenas de cuadernos, unos con apuntes y dibujos y otros en blanco esperando recibir ideas garabateadas con mayor o menor tino. Junto a la cama sólo hay una mesita de noche que tiene una lámpara, una libreta y varios libros apilados en un equilibrio imposible. En una esquina reposan paquetes vacíos que antes contenían libros y dos pilas de periódicos viejos esperando el reciclaje.

Vive sola, apartada de todo y de todos, decidida a sostener el peso de un mundo en decadencia que vivirá a salvo entre sus cuatro paredes mientras respire. Porque ella se ha erigido guardiana de la sabiduría, la última filósofa en el sentido más puro de la palabra, y cuando la soledad aprieta hasta casi hacerle desfallecer, es la convicción de que su causa es justa la que le anima a levantarse a la mañana siguiente y seguir adelante.

 

Foto de portada: ©ninocare

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