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La telaraña

Nada.

Ni un sonido.

Ni siquiera los pájaros se atreven a venir por aquí.

Todo empezó hace un año. Cuando el monstruo llegó hasta nosotros trayendo zumbidos, sangre y muerte a nuestro pueblo.

Sabíamos que iba a llegar. Venía en nuestra dirección y no había nada que pudiésemos hacer para impedirlo.

Nos quiere.

Nos necesita.

Ahora, donde antes había bullicio y alegría, sólo queda silencio y murmullo de botas corriendo de un edificio a otro.

Y más allá, la telaraña. Desde el campanario de la iglesia podemos verla. Creciendo cada día. Tupida entre los árboles. Peligrosa. Con sus hilos brillando amenazadores al sol del atardecer. Recordándonos que la vida que en otro tiempo disfrutamos jamás podrá regresar.

Porque el monstruo acabará con nosotros o abandonará la lucha, pero se irá tarde o temprano. Sin embargo la telaraña quedará en lo alto impasible, casi desafiante. Testigo de lo que la muerte trajo consigo.

Dicen que la telaraña se mete diez kilómetros dentro del bosque, que pronto llegará a treinta. Espero que sea cierto, porque eso significará que cada día estamos un poco más lejos del monstruo.

Antes, los paseos por el bosque eran habituales para todos nosotros. Una forma agradable de pasar el día, de llenar huecos hasta que las luces se apagasen. Todos hemos corrido entre los árboles, buscando juegos o incluso rincones oscuros en los que encontrar un amor de verano. Ahora todo es silencio. Nadie se atreve a caminar por los caminos, en los que las malas hierbas crecen por encima de cráteres y cadáveres y los hilos, casi transparentes, intentan atraparte.

Pocos son los cruzan el muro de árboles. Ninguno lo hace por gusto, sino por obligación; mil ojos acechan entre los troncos, y no se les escapa nada. Un zumbido amenazador anuncia su llegada, y el grito desesperado y la explosión se hacen uno. Entonces un nuevo hilo queda colgando entre las ramas y la telaraña añade un cadáver más.

Así llevamos cerca de un año. Condenados a que el ejército haya convertido nuestro pueblo en un puesto avanzado desde el que lanzar ataques con drones al enemigo.

¿Cuándo terminará esto? No lo sé.

Lo único que puedo hacer es lo que todos los vecinos del pueblo hacen: ayudar a nuestros soldados a que la telaraña crezca también del otro lado del bosque.

 

Foto de portada: ©Pexels

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