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La sombra del emperador

La vida del segurata es, por lo general, muy solitaria. Sobre todo los que, como yo, hacemos el turno de noche. Ese que nadie quiere hacer porque se hace largo y te obliga a cambiar toda tu vida, durmiendo de día para estar fresco cuando todas las luces se apagan. Sin embargo a mi me gusta, porque es por la noche cuando las cosas más increíbles ocurren.

Todas las tardes, a eso de las siete y media, cojo el coche y salgo de mi casa en Jaraíz de la Vera para ir a trabajar. Tomo la carretera 203 hacia el norte y, cuando llego a Cuacos de Yuste, subo hacia el Monasterio para encarar mi jornada laboral. Allí me cambio, veo salir a los últimos visitantes y guías, y cierro las puertas para quedarme solo en el edificio.

Es entonces cuando, en mi primera ronda, empiezo la búsqueda. No sé dónde puede estar.

Nunca lo sé.

Cuidando mucho de no molestar a los dos monjes que viven desde hace una década en el Monasterio, paseo por la iglesia, las dependencias y los jardines revisando cada esquina.

Nada.

Cumplida la primera tarea de la noche me voy a mi garita, en la que caliento mi cena y como mientras escucho de fondo el ruido de la radio. Suelo poner la primera emisora que se sintoniza: lo que busco no es información o escuchar música, sino algo de compañía. Ruido que me acompañe en mi soledad.

Las siguientes horas transcurren con tranquilidad, mirando las pantallas de las cámaras de seguridad y el móvil para entretenerme.

De pronto el sonido de una campana me sobresalta: ya tocan maitines, hora de la segunda ronda.

Camino por los pasillos hasta que llego a las escaleras que llevan al piso superior, y es entonces cuando le veo. Como tantas otras noches. Oscura, como una sombra entre las sombras, la silueta del emperador cruza con paso renqueante el pasillo. No es el Carolus Imperator representado por Tiziano a caballo o junto a su fiel perro. Es la imagen de un viejo agotado y enfermo que apenas puede andar aquejado por la artritis y la gota.

Y sin embargo su figura, desdibujada en negros y grises, sigue manteniendo todo el aplomo del gran personaje que en otro tiempo fue, con su inconfundible mandíbula picuda y el porte señorial del que ha nacido para mandar.

Aunque quiero pensar que soy el único que puede verle, supongo que también se podrá encontrar su sombra paseando por lugares como Valladolid, Burgos o la Alhambra… aunque imagino que allí sus hombros seguirán siendo anchos y su andar elegante, luciendo la felicidad del recién casado entre azahares y jazmín.

Yo, por mi parte, me limito a dejarle asomado al coro de la iglesia del Monasterio, rezando una letanía mientras espera a que el alba le traiga la primera misa del día.

Quien sabe si, así, encontrará descanso su maltrecho cuerpo.

 

Foto de portada: ©Pexels

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