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La sinfonía

Las calles alrededor del auditorio estaban repletas de gente vestida con sus mejores galas. Era el primer concierto de la orquesta de la radio en meses y nadie se lo quería perder. El acontecimiento de esa tarde iba a ser digno de recordarse.

En el interior del edificio los músicos se preparaban para la actuación repasando pasajes, abrochándose pajaritas y apretando cinturones. El camerino del director zumbaba con el rasguido de la batuta en el aire calentando los hombros del Maestro, que tenía abierta en una mesita la partitura general con ciertos pasajes marcados en rojo; eran puntos importantes del desarrollo de la obra, los pocos que el autor le había podido indicar antes de que fuera obligado a abandonar la ciudad. En ese último encuentro le había entregado los dos primeros movimientos, y contra todo pronóstico la inteligencia rusa le había logrado hacer llegar los dos últimos. Pese a que la obra había sido estrenada ya en Kuibyshev hacía unos meses, era importante que también se tocara allí.

Las luces del auditorio brillaban con una elegante decadencia que no hizo más que animar al público al recostarse en las butacas. En los aledaños de la sala gruesos cables recorrían toda la ciudad para que un ejército de megáfonos retransmitieran en directo la mágica sinfonía que estaba a punto de comenzar. Los bafles más grandes se habían llevado a los límites de la urbe, saliendo la música de entre las callejuelas para llegar hasta los recovecos más oscuros del extrarradio, donde el enemigo esperaba.

Con la apertura de las puertas del escenario empezó el aplauso ritual, haciendo su entrada menos de una treintena de famélicos músicos malvestidos con chaquetas y pantalones que no eran de su talla. Tenían las mejillas chupadas y ojos amarillentos, y aun así lucían un porte inquebrantable ante su casi sagrada misión. Toda la ciudad conocía las historias de los vahídos en los ensayos y las muertes de varios intérpretes en el tiempo de preparación de la obra, y quizá por eso el público ovacionaba con más ganas todavía a esos héroes de la resistencia rusa. De su propia resistencia.

Cuando todos los músicos estuvieron sentados y afinados hizo su entrada el director, Karl Eliasberg, con una tierna sonrisa en sus labios. Estaba tan delgado como sus músicos, envejecido, con las gafas rotas y el pelo sembrado de unas canas que meses antes no tenía. La guerra y sus consecuencias le hacían parecer mayor, e incluso sus pasos hacia el podio parecían titubeantes. La plana mayor del Partido escrutaba cada uno de sus movimientos y eso no ayudaba. Toda Rusia tenía sus ojos clavados en él.

Las primeras notas sonaron seguras y potentes, como si de alguna manera el orgullo ante la invasión alemana duplicara los instrumentos para lograr la majestuosidad ideada por Shostakovich para esa, su séptima sinfonía. En las calles la brisa estival llevaba los acordes por el aire hasta las filas alemanas, que poco podían hacer al respecto: la artillería rusa se había encargado de bombardear salvajemente las principales posiciones nazis durante horas como preparativo del concierto. Aquella actuación y todo lo que la rodeaba era de vital importancia para Stalin, que quería demostrar la inquebrantable moral del pueblo ruso ante la atroz acometida de las fuerzas de Hitler.

A mitad de la interpretación la Luftwaffe atacó distintos teatros de la ciudad para acallar esa música disidente, pero al no saber muy bien de dónde procedía abandonaron la empresa. Leningrado, con sus miles de muertos, sus heridos en cada esquina y sus tristes episodios de canibalismo, se mantenía firme escuchando la maravillosa música de Shostakovich. Una música que contaba su pesar, que les acompañaba aquella tarde inyectando ánimo en sus corazones.

Al resonar en el auditorio el último acorde los corazones de toda la ciudad se unieron en un silencio ensordecedor, más potente que todas las explosiones de artillería que habían carcomido Rusia desde que se inició la guerra. Después un tímido aplauso se empezó a escuchar en algún rincón perdido de Leningrado, creciendo en volumen hasta lograr la comunión perfecta de todas las almas que habían olvidado pesares y temores durante al menos una hora, recordando que, pese a todo, seguían siendo humanos.

Lejos de los altavoces, los aplausos y los gritos de júbilo, la noche negra rodeaba Leningrado. Y, más allá, en la trinchera alemana algunos soldados lloraban como niños abandonados en la más completa oscuridad.

 

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1 comentario en “La sinfonía”

  1. Hambre , enfermedad , guerra …lo mejor del ser humano renace con los acordes musicales. ..soplo de aire puro en medio de la contaminación…

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