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La sala de espera

Pasan las horas y poco a poco me voy quedando sola en la sala de espera. Al principio, cuando he llegado, el trajín era impresionante: decenas de personas han pasado por aquí llamadas a través de la megafonía del hospital. Tres letras y un número, un puesto, una persona que se levantaba. Otras tres letras con su número, otro puesto, otra persona que se levantaba. Es increíble la cantidad de gente a la que se puede sacar sangre —supongo que la mayoría vienen a eso— en apenas una hora.

La enfermera que me atiende es una chica joven, muy simpática y con unos ojazos negros coronados de rímel. Con la mascarilla no puedo ver si es guapa o fea, pero desde luego con esos ojos a mí ya me tendría ganada. Frente a su mesa hay un chico que tendrá su misma edad y un montón de tatuajes cayéndole desde las mangas cortas del pijama. Se miran mucho, Ojazos y Tatuajes. Ahí se cuece algo.

La prueba que me tienen que hacer es sencilla pero tremendamente larga, de las que te hacen tirar la mañana a perros. Una pesadez necesaria para ver si determinado nivel está por encima o por debajo de lo que debería y así explicar qué leches me pasa. Como no tengo nada mejor que hacer me dedico a pasear por la sala de espera observando a otras personas que, como yo, están sometiéndose a pruebas larguísimas que les harán tirar sus respectivas mañanas a perros. Al menos no soy la única.

Hay una madre con una hija a dos asientos de distancia. La prueba se la hacen a la chica. La verdad es que vistas así, con su mascarilla, sus gafas negras y su pelo lacio y rubio son calcaditas. Sólo las arrugas de la frente muestran cuál de las dos vino antes al mundo. Eso, y que Madre se pasa el rato quejándose en voz baja y saliendo a hacer llamadas —imagino que tendrá líos de trabajo o algo así— mientras Hija desliza el índice por la pantalla de su móvil. Cada rato Hija se levanta, va al pasillo donde están los puestos de las enfermeras y vuelve al momento.

Al otro lado de la sala de espera se sienta una chica muy delgada con un escote muy prominente. Lo primero que pienso al verla es que sus tetas son operadas. Ese pecho y esa espalda no cuadran. Está haciendo una videollamada y se ríe mucho; ojalá me hubiese enterado yo también del chiste, porque me aburro como una ostra.

En ese momento entra un hombrecillo enjuto, arrugado y casi plegado sobre sí mismo de lo grande que es la joroba que le cae sobre el hombro derecho. Se apoya en una muleta que aferra con una deforme mano izquierda, mientras que por el otro lado le recoge la giba una mujer que apostaría a que es su mujer. Los dos parecen tremendamente débiles, temblando entre pasitos cortos e inseguros. Qué lástima dan.

Justo entonces salen Ojazos y Tatuajes para desayunar. Ya decía yo que ahí había algo. Al mismo tiempo sale también un niño de unos cinco años con su madre, y detrás una enfermera que se agacha a su lado y le felicita por lo valiente que ha sido. El niño lleva un pañuelo en la cabeza y no tiene cejas. Sí que ha tenido que ser valiente. Después la misma enfermera que se ha despedido del crío llama al señor mayor, que tarda una eternidad en levantarse y apenas oye las indicaciones que le da. Ver al niño y al anciano me recuerda lo puta que puede ser la vida a veces. Tetasoperadas, Madre e Hija miran también la escena y creo que piensan lo mismo.

Al cabo de una hora, tras mi última visita al puesto de Ojazos —que ha vuelto muy sonriente palmeándole el brazo a Tatuajes—, reparo en que no sólo estamos Madre, Hija, Tetasoperadas y yo en la sala de espera. Detrás de una columna hay un chaval que no había visto en todo este tiempo. Nada en él me llama la atención, y sin embargo verle encogido en su asiento hace que se me dibuje una sonrisa en el rostro. Entre sus manos tiene un libro, y se le ve tan enfrascado en la lectura que me recuerda las veces que yo me he quedado horas y horas en una postura tan imposible como la suya intentando robar tiempo de donde fuera con tal de seguir leyendo.

Al verlo así me doy cuenta de que en realidad sí que estamos las cuatro solas en la sala de espera, porque aunque el cuerpo del chaval esté allí, con nosotras, su mente vaga por donde quiera que le estén llevando las líneas de tinta sobre el papel. Y no se me ocurre mejor forma de pasar el rato.

 

Foto de portada: ©Geralt

 

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