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La redacción

El revuelo era constante en la redacción, mezclándose entre la nube de humo los gritos, el tintineo de los vasos, las mecánicas pulsaciones de las máquinas de escribir y los ladridos de un perro. Y por encima de todo aquello los insultos del regente de talleres, Antonio Alpiste. El plomo de las linotipias del piso inferior hacía el resto.

La decadencia y la lucidez se palpaban en el aire, que carcomido por la ceniza y el humo de cigarros, puros, pipas y sustancias ilegales —Manuel, el crítico de arte, siempre olía a verde— intentaba huir por la puerta cada vez que se abría para limpiarse un poco. Por el suelo había restos de colillas y cuartillas a medio escribir; nadie se preocupaba por el orden ni la limpieza pues era hora de cierre y los artículos no se terminaban solos. El temor de todos era que una noticia de última hora tirase todo el trabajo por tierra descalabrándoles la edición.

En el despacho del fondo el editor se esmeraba en dar forma a su columna entre las interrupciones de periodistas necesitados de su aprobación antes de mandar sus piezas al piso de abajo, donde Antonio las esperaba. Afortunadamente el editor era perro viejo y con un simple vistazo sabía lo que valía y lo que no. Tenía los dedos de un color extraño, mezcla de tinta y nicotina ensuciándole las yemas de los dedos, con un enorme cayo en el dedo corazón de aferrar la pluma con fuerza.

Los artículos que ya estaban listos se llevaban camino del sofisticado sistema de envío a la imprenta: alguien había visto que en Estados Unidos una red de tubos conectaba la redacción con las rotativas y eso era algo que había que imitar. Por eso habían hecho un agujero en el suelo en el que un gigantesco embudo conectaba el primer piso con el bajo. La gracia del asunto era llamar a Antonio y lanzar el artículo dentro de un cilindro de plástico en el momento justo para, con un poco de suerte, dar al pobre  regente de talleres en toda la cabeza.

Con esos entretenimientos malintencionados los periodistas se resarcían de los insultos que Antonio les dedicaba cuando se excedían en el tiempo de entrega. Hoy en día serían motivo de una denuncia a recursos humanos y un expediente disciplinario, pero entonces eran cosas normales. Como el cenicero que manchaba de ceniza la mesa y el vaso de whisky al lado de cada máquina de escribir.

Cada vez que alguien entraba en la redacción los ladridos volvían a oírse por encima del barullo: era Resmas, el perro del periódico, que vivía en una esquina de la sala en una casita hecha con cajas de cartón junto a un radiador. Era un chucho pequeño y sin raza que algún periodista se había encontrado abandonado, convenciendo al contable de darle cargo y sueldo para pagar su sustento. Así Resmas se había convertido en el ayudante del cajista, con un salario suficientemente abultado como para procurarle comida e invitar a copas a todo el que quisiese al menos dos veces al mes. Era un perro generoso, Resmas.

Todo esto podría parecer mentira, delirios de alguien con mucho tiempo libre e imaginación para inventar. Sin embargo sé de lo que hablo pues lo observé durante años desde la mesa del fondo de la redacción, junto a Resmas. Esperando cada día después de salir del colegio a que mi padre, que trabajaba allí, terminase su jornada para irnos juntos a casa.

 

Foto de portada: ©janeb13

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