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La puerta

Todos los días hago lo mismo. He de ser metódico. Es importante.

La puerta está allí, al otro lado del pasillo, largo y angosto y lejos del resto de habitaciones. La distribución de mi casa es rara, como si el arquitecto necesitase colocar una vivienda más por piso retorciendo los planos hasta encontrar el hueco. Así salió, con sus habitaciones desiguales, las ventanas a diferentes alturas y ese corredor eterno apenas iluminado por dos lámparas que caen como colgajos moribundos de las paredes.

Digo que todos los días hago lo mismo porque soy un maniático de la seguridad. Tengo dos cerraduras gruesas en la puerta, pesadas y de buen tamaño. Dos cerrojos que ofrecen muchas vueltas de consuelo, de refugio ante el mundo exterior. No soy agorafóbico ni nada por el estilo, simplemente me gusta poder dormir tranquilo. Y con esos pedazos de metal trancados en el borde de la pared, lo hago. Además cuento con una gruesa cadena unida por enormes tornillos al marco. Precaución ante todo.

Cada noche, antes de irme a la cama, me acerco hasta la puerta y la miro. Es una pieza de madera normal, con un pequeño adorno en el reborde y mirilla con tapa de latón. No es una de esas puertas viejas con historia. Tampoco es de conglomerado débil, ni tiene la parte trasera recubierta por un acolchado de tela claveteado con puntas como he visto por ahí. Es simplemente un elemento de madera práctico, que cumple su función y me permite descansar.

Os preguntaréis por qué doy tanta importancia a mi puerta si no resido en un barrio conflictivo, la comunidad de vecinos es tranquila y no tengo razones para temer por mi vida. Llevo viviendo en esta casa desde hace veinte años y nunca he tenido el más mínimo problema. Pero no es por que no los haya podido tener, es porque los he evitado. De ahí mi fijación con la puerta. De ahí que cada noche haga lo mismo antes de irme a la cama.

Como decía, siempre me acerco a la puerta, la miro, y reviso que cada una de las cerraduras esté echada. Tengo poco tiempo para hacerlo, de modo que me aseguro y zarandeo la cadena. Después me doy la vuelta, apago la luz, y espero. Un aire frío tan denso que parece líquido se filtra por el umbral de la entrada acariciándome los tobillos y acto seguido el metal de la cadena vibra y la madera rechina. Después llega el golpe, seco y duro, al que sigue otro y luego otro. Así varios hasta que se cansa.

Yo aguanto sin respirar a dos pasos de la puerta. Muy quieto y sin hacer ruido, con los pelos como escarpias. Al poco se marcha, casi puedo oír su hastío, y el frío desaparece. Es entonces cuando trago la inexistente saliva que baña mi boca seca y arrastro los pies con sumo cuidado hasta mi habitación. Todo a oscuras y en silencio. Me meto en la cama y sea invierno o verano me tapo con una gruesa manta hasta la cabeza. Después cierro los ojos con los puños muy apretados mientras intento controlar el bombeo desbocado de mi corazón.

Por eso doy tanta importancia a mi puerta. Porque sé lo que, cada noche, merodea al otro lado.

 

Foto de portada: ©Qimono

 

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