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La pareja del balcón

Todas las mañanas me levanto a las siete, me lavo la cara, me pongo el abrigo y saco a Brinco a pasear. Caminamos por el barrio haga frío o calor, con lluvia o niebla; el paseo es absolutamente innegociable.

Madrugar para dar el paseo con Brinco es una lata, pero al menos sirve para ver amanecer al barrio, cómo arranca cada mañana con más o menos parsimonia dependiendo de si es un día de diario o si es fin de semana. Observar a la gente somnolienta caminar hacia sus trabajos, a los padres tirando de los niños para llevarlos al colegio, las trapas levantarse hasta la mitad… Siempre he disfrutado al mirar ese pequeño universo que es un barrio cualquiera.

Precisamente porque me gusta observar a las personas, siempre intento pasar a eso de las siete y media por la misma calle. No sólo es una buena calle para Brinco, pues en una de las papeleras suele haber bolsitas de plástico para recoger los regalitos que deja en la acera, sino que tiene el añadido de que todas las mañanas puedo ver allí apostada a la pareja del balcón.

En realidad no es una pareja la que está en el balcón, es él, que en pijama y con ojos medio cerrados por el sueño se asoma para despedirse de la que entiendo es su novia, o mujer, o lo que sea, que se gira para decirle adiós antes de desaparecer al fondo de la calle. Todos los días. Haga frío o calor, con lluvia o niebla. Como yo con Brinco, ellos se despiden cada mañana antes de empezar cada uno la jornada propiamente dicha.

No siempre se despiden igual. Hay mañanas en las que ella se para un momento y le sonríe, y otras en las que el frío le obliga a él a apenas sacar un brazo por la ventana para no helarse. Incluso algún día he podido percibir bronca entre ellos: esos días él apenas levanta la cabeza y ella casi no se gira para mirarle al doblar la esquina. Sin embargo lo siguen haciendo, cada día, sin romper su tradición.

Cuando la ventana se cierra y continuo mi paseo con Brinco,  pienso en que eso es lo que yo quiero en una pareja. No fotos pedantes en sitios caros con mensajes absurdos y promesas vacías. No escaparates para que el resto vean lo ideal de mi relación. Eso son tonterías superfluas. El compromiso se demuestra cada día, contento o triste, animado o cansado, incluso cuando se discute, ahí se demuestra más que nunca. Porque la pareja ideal, creo yo, no se muestra cara al exterior con cursilerías, sino con gestos tan simples como asomarse a la ventana para despedirte de la persona que quieres hasta que la veas de nuevo por la tarde.

Quiero pensar que, si Brinco pudiera, también se asomaría a la ventana a despedirse de mi cuando le dejo en casa para irme a trabajar cada mañana.

 

Foto de portada: ©KocBar

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