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La niña rubia

Me levanto pronto, me lavo con el agua de la cubeta y rezo. Tres Ave Marías, tres Padrenuestros y un Gloria Patri. Como todas las mañanas. Desde que empezó la guerra me he sentido tentado de dejarlo, pero lo tengo tan arraigado dentro de mi ser que termino por descubrirme con la letanía en los labios. Unos padres muy católicos y los años del seminario tienen la culpa.

Regreso a la cama, donde descansa mi hija. Esta noche no ha habido alarma, por lo que ha podido dormir de un tirón. La despierto y la miro mientras se lava y se viste. Este edificio en el que nos han realojado es bastante más pequeño que nuestra casa, pero a saber cómo habrá quedado después del último bombardeo.

Vivimos tres familias aquí, una pareja con dos niños pequeños, un abuelo con su hijo, mi niña y yo. Nos cuidamos los unos a los otros como una comuna que se autoabastece; como un reducto de sociedad entre la barbarie. No tenemos agua corriente ni luz, pero al menos estamos en la zona segura de la ciudad. Eso ya es mucho, tal y como están las cosas.

Mi hija tiene once años, los suficientes para hacerse una idea de la situación, pero no tantos como para dejar de tener un miedo pavoroso a todo lo que nos rodea. Y es a mi al que le toca lidiar con eso. Porque es mi responsabilidad. Porque soy su padre. La abrazo, le acaricio su suave melenita rubia y me veo reflejado en sus ojillos verdosos. Tiene una voz dulce que se quiebra cada mañana cuando nos despedimos a la puerta del colegio. Lo llamo colegio por llamar de alguna forma a ese edificio en ruinas y rodeado de sacos de arena en el que los pocos niños que quedan en la ciudad van más a poder comer que a estudiar.

Dejarla es la parte más difícil de mi día. Es cuando las lágrimas aparecen y el intestino se me revuelve como una serpiente constriñéndome el interior. Es cuando mis miedos florecen y vuelvo a acordarme del Altísimo para pedirle que, de existir, cuide de mi niña hasta mi regreso. Demasiado tengo yo con cuidar de mí mismo. Siempre me despido de ella con un beso y un fuerte abrazo, tan fuerte como si quisiera que, de ser el último, lo pudiese sentir durante el resto de su vida.

Sobre las ocho y media estoy ya en el cuartel con mi rifle preparado y recibiendo la información que nos manda inteligencia. Mis órdenes no son siempre las más agradables, pero qué orden lo es en esta guerra. La ciudad está partida en dos y una vez se cruza la zona franca ya no hay personas, sólo enemigos. Mi trabajo es causar la mayor destrucción posible, de la manera más rápida posible e invirtiendo los menores recursos posibles. ¿Eso me convierte en un monstruo? No lo sé. Prefiero no pensarlo.

Para las diez de la mañana ya estoy en posición. Es un tercer piso de un edificio de oficinas completamente vacío, con los cristales rotos y restos de vidrio y tierra en el suelo. Llevo mi diario, en el que apunto todo lo que veo, y cuando considero oportuno abro fuego. Hoy me ha tocado una zona civil, y aunque algún resto de moral sigue atragantándoseme cuando fijo el objetivo, cumplo con mi deber sin dudar. Lo que sí hago es permitirme ciertos lujos; supongo que es la ventaja de estar a este lado de la mira telescópica.

Como esa niña, la que hay en la plaza a unos ochocientos metros de distancia. Es un blanco perfecto. La llevo viendo varios días caminando con su madre. Cualquier mañana podría haber matado a alguna de las dos, o incluso a las dos desde una buena posición. Sin embargo no lo hago. Es rubita y tiene los ojos claros como mi hija, y no quiero que le pase nada malo. Si tirase a ciegas daría igual, pero la mira me permite verla sonreír y corretear tan cerca como si pudiera cogerla con la mano. Es lo bueno y lo malo de ser francotirador, que la muerte es más precisa pero mucho más cercana. Observas los ojos abiertos al recibir el disparo, la cara de pánico cuando la muerte no es instantánea.

Miro por última vez a la niña y maldigo en voz baja. La voy a perder de vista en segundos. Apunto un poco más alto, a la cabeza morena de mujer que asoma por una ventana y respiro hondo. Aguanto el aliento un instante, no parpadeo y preparo el hombro para el retroceso.

El disparo resuena entre paredes y cristales rotos. Un manchurrón rojo sustituye a la cabeza morena en la ventana. La plaza se vacía de gente. La niña rubia y su madre desaparecen, vivas al menos durante un día más.

 

Foto de portada: ©Alexas_Fotos

 

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