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La mujer de la piscina

Como tantas otras tardes de ese verano, miré la hora y me di cuenta de que debía darme prisa si quería verla. Tomé un libro, una copa de vino blanco muy frío para amenizar la espera, y bajé las escaleras de la terraza hasta la piscina. Allí me acodé junto a la pared del bungaló vecino, a la sombra de los toldillos, y me dejé llevar por las líneas que, negro tinta sobre blanco papel, desgranaban una historia de la que ya no recuerdo ni el título. La boca se me secaba cada poco tiempo por lo que el rítmico balanceo de mi brazo llevando el líquido casi transparente a mis labios se convirtió en una especie de cadencia repetitiva, absurda para cualquiera que me estuviese viendo pero deliciosamente placentera para mí.

Levantaba los ojos del texto con regularidad sabiendo que debía estar atento si no quería perderme su paso. No era la mejor forma de leer, pero tampoco había bajado a la piscina para eso. El sol continuaba su arco sobre mi cabeza y, por su altura, supuse que faltaría poco para que apareciera mi dama: solía cruzar el agua cuando la luz empezaba a decaer cediendo terreno, lentamente, a la noche.

Recuerdo estar tan distraído que apenas reaccioné al notar el resbalón de la copa entre mis dedos. La condensación había convertido el cristal, fino y delicado, en una superficie imposible de asir sin riesgo de desliz. Menos mal que la cogí a tiempo sin derramar el vino, pues era un extraordinario verdejo que no se merecía dicho final. Una vez repuesto del susto alcé los ojos y entonces me la encontré, mirándome de medio lado con una misteriosa sonrisa dibujada en los labios.

Como siempre yo le correspondí con una leve inclinación de cabeza y me tomé mi tiempo en admirar sus rasgos. El cuello grácil y esbelto, la corta melena recogida en un moño, su mirada verde intenso y la intrigante sonrisa la volvían irresistible. Miré alrededor regalándome ese momento de intimidad con ella y retomé la lectura más calmado, notando una ligera calidez en el pecho al sentir su compañía.

La mujer no se marchaba, se quedaba allí, conmigo, mirándome como si fuera consciente de la triste realidad que nos impedía hablar. Una dulce brisa sopló deshaciéndole el gesto, zarandeando su cuello grácil y esbelto de hojas de arbusto, la corta melena recogida en un moño de endrino, la mirada verde de una hoja que perdía su intensidad a cada día que pasaba, y la intrigante sonrisa que me dedicaba a mí, solamente a mí, esbozada por una rama suelta que salía de un matorral. Ondulante en el agua, visible únicamente a la luz del ocaso, la silueta femenina formada por la maleza se recortaba sobre la piscina; era aquel un delicioso reflejo que me había cautivado desde el principio de las vacaciones.

La brisa cesó y su rostro se recompuso mientras su tez iba pasando del azul al rojizo atardecer, y luego al morado y al gris, hasta esfumarse con el chispazo de los faroles de la piscina al encenderse.

Parpadeé varias veces pero ya no estaba. Me había abandonado una noche más.

Algo abatido cerré mi libro con la vista centrada en el punto exacto en el que su sonrisa había desaparecido, imaginando que se había curvado un poco más justo antes de desvanecerse. Sonreí yo también antes de despedirme de ella hasta el día siguiente.

– Buenas noches —susurré—. Nos veremos mañana.

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