fbpx

La muerte

Vuelvo a temblar. Estoy perdido en alguna esquina del infierno —porque esto tiene que ser el infierno—, me han robado el alma y soy el nuevo capricho de un súcubo. El oscuro abismo que se extiende en todas direcciones hace que me sienta más perdido todavía, sin embargo la última llama de cordura que vive en mi interior me trae a la mente Deuteronomio 31:6. Mi abuela me habrá robado el alma, pero sigo siendo suficientemente inteligente como para salir vivo de aquí. Dios no me abandonará.

La negrura hace imposible fijar un rumbo, por lo que hago caso a la máxima de que al que no tiene meta cualquier camino le vale y echo a andar sin saber dónde van a caer mis pasos. A lo lejos oigo gemidos y ecos de pisadas que no son las mías, pues mis pies no suenan al tocar el suelo, y el aire me trae ráfagas heladas que se mezclan con otras ardiendo entre mi pelo. No puedo vacilar. No puedo sucumbir ante el Mal.

Con la mano apretada sobre el crucifijo que cuelga en mi pecho avanzo a ciegas durante lo que me parecen horas, aunque sin sentido alguno que me oriente no puedo asegurar el tiempo que llevo caminando. Los ojos no me sirven, el aire no huele a nada, los oídos me zumban… sólo el suelo, firme e infinito, mantiene mi mente centrada.

En algún momento el ambiente cambia a mi alrededor. El pelo de todo el cuerpo se me eriza y un fuerte olor a podrido me provoca una arcada. En la oscuridad se forman las rocosas grietas de una cueva fría e inmensa.

    – ¿Quién anda ahí?

Oigo la voz antes de poder ver de dónde procede. Hay una forma humana sentada sobre la piedra a pocos metros de distancia. La luz crece permitiéndome verla mejor, pero es una luz tan oscura y sucia que parece ser absorbida por la figura.

    – No suelo tener visitas. Nadie viene aquí abajo…

Es una mujer vieja, muy vieja, con el rostro desfigurado y envuelta en un deshilachado mantón negro. Está tan delgada que parece que sólo tiene una fina lámina de arrugada piel sobre el cráneo.

    – Ah, ya sé quién eres —sigue ante mi silencio—. Eres el exorcista. Se habla mucho de ti por aquí… Dime, ¿sabes quién soy?

El hedor que acompaña a sus palabras hace que me lloren los ojos, pero de alguna forma consigo guardar un soplo de aire en el fondo de mis pulmones y responder con una voz sorprendentemente serena.

    – No sabía que la Muerte viviese en el infierno.

La anciana parpadea un par de veces y sacude la cabeza con un crujido de huesos. Los pocos pelos que le aguantan asidos al cráneo bailan en el aire.

   – Esto no es el infierno, exorcista. No todavía. No puede serlo porque yo no sirvo al Mal.

    – Entonces, ¿a quién sirves?

    – A nadie —resopla—. Una se limita a hacer lo mismo que ha hecho desde que nació la vida: ponerle fin. Ese es mi cometido; ese y ningún otro.

    – Entonces no sabrás cómo puedo recuperar mi alma.

    – Una sólo sabe cómo finalizar la vida, no cómo vivirla.

    – Entiendo.

    – No, no entiendes. Si entendieras temblarías tanto que tus huesos se descoyuntarían. Ni los favoritos de tu Dios se atreven a venir aquí.

La dureza del tono es tan categórica que no sé si espera respuesta, pero por si acaso decido callar y aguantar las náuseas que me provocan sus palabras. Tras un breve silencio la anciana se levanta y empieza a andar hacia algún rincón de su cueva.

    – Espero no verte en mucho tiempo, exorcista. El trabajo de una se vuelve ingrato cuando le llega la hora a las personas decentes.

    – Eso espero yo también.

    – Adiós, exorcista, y reza porque ese Dios tuyo no te haya olvidado. Le necesitarás en el lugar al que te diriges.

 

Foto de portada: ©Ahmed Adly

¿Te ha gustado el relato?

Deja tu opinión en un comentario o si lo prefieres cuéntamelo en Twitter o Instagram.

Y si quieres más puedes descargarte mis libros Confinados y Un día en la guerra totalmente gratis en esta misma web.

¡Disfruta de la lectura!

Deja un comentario