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La muerte de las bibliotecas

Aquí estoy, extendida todo lo larga que puedo ser, vieja y olvidada dentro de la casa de mi amo. Ese que fue Dios omnipotente para mí, Creador y Padre que me dio la vida. Ese del que yo pensé que era inmortal, que pese a verle perder la suavidad de la piel y la profundidad de los ojos sería siempre Él. Ese que hace casi dos años cayó fulminado con uno de mis hijos entre sus manos sin volver a levantarse, mostrándome que su existencia, como la de todos, tenía un final. El que me construyó, me alimentó y cuidó, ya no existía.

¿Qué es una biblioteca sin el sentido que le da su dueño? ¿Un montón de libros mejor o peor ordenados en los estantes? Eso no es una biblioteca. ¿Puede acaso alguna definición abarcar lo que es una biblioteca? No lo creo. Bien sé lo que dice el Diccionario sobre mí, lo tengo en el tercer estante de mi sección principal, junto a la butaca en la que solía leer mi amo. A mano por si acaso alguna traviesa palabra escapase a su vasto vocabulario. Ninguna de las definiciones es capaz de explicar del todo qué es una biblioteca; qué he sido yo. Trinchera, refugio, conocimiento o libertad. Muchas palabras se usan para intentar explicar qué somos. Todas válidas y al mismo tiempo insuficientes.

Por supuesto yo hablo de las bibliotecas personales. De las que, como yo, fuimos creadas por unos enfermos de la bibliofilia en algún momento de sus vidas. Hay otras, con mesas y sillas y ordenadores, y gente trabajando en ellas para ordenar y prestar pedacitos de sus almas en forma de volúmenes. Esas me caen simpáticas; deben ser honradas en lo suyo y muy diligentes. Necesarias para los hombres aunque ellos no lo sepan. Luego están esas que, como yo, sirven a un único amo. Ahí ya depende de que tu Creador decida convertirte en algo meramente decorativo o en un elemento vivo y útil. Compadezco a las pobres bibliotecas que, ordenadas por colores en estantes simétricos, atienden más a la fastuosidad de sus amos que a la verdadera pasión que sus libros puedan causar. Por suerte mi Creador era de estos últimos, de los apasionados, y siempre me tuvo presente. El problema es que él ahora ya no está, dejándome marchita y sin un propósito al que servir. Porque a las bibliotecas nos dan sentido nuestros amos y en torno a ellos orbita nuestro mundo. Yo tengo ocho mil seiscientos treinta y cinco hijos en mi interior, y dudo que alguien pueda o quiera hacerse cargo de todos nosotros. Por eso digo que ahí está el problema. Ahí empieza la muerte de las bibliotecas.

Sé que me enfrento a mi final. De hecho algunos de mis hijos ya se han ido a otras manos. Espero de corazón que tengan un futuro mejor que el que me espera. Varios lotes de mi alma se entregarán a gentes interesadas, quizá a otras bibliotecas en las que yo viviré como un trozo de Frankenstein amputado de mi cuerpo original. Algunos puede que encuentren ese lugar feliz que son las librerías de viejo, donde comentar con otros su historia. Eso si tienen suerte y se ganan la resurrección. Poco a poco distintas partes de mi vida se desvanecerán dejándome en mis huesos de librería, consumida e inerte hasta que el último de mis hijos abandone mis estanterías. No quiero pensar en el destino de los pobres a los que nadie quiera, ya sea por viejos o repetidos. El reciclaje, la hoguera en el peor de los casos…

Para la que no habrá una segunda oportunidad será para mí. Lo sé desde hace tiempo, ya estoy hecha a la idea. Un día sólo quedará de mi un esqueleto anclado a las paredes cuando toda mi carne, que es la de mis hijos, sea devorada por el inmisericorde paso del tiempo. Y después, el olvido.

No encaro lo que me queda con optimismo, pero sí con tranquilidad. Con lucidez. Mis mejores años se fueron con los de mi amo, ya lo he aceptado. Reflexiono sobre mi vida, ahora que espero lentamente la llegada del humano que me arrebatará a mi último hijo, y al menos una cosa me ayuda a enfrentar el abandono con entereza: Fui una buena biblioteca. Completa, hecha a base de años, lecturas y mimo. Jamás fui la mejor, ni la mas completa, pero siempre me quedará la certeza de haber servido con lealtad a mi Creador. Y para mí eso es suficiente.

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