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La más memorable y alta ocasión

Un hombre caminaba erguido balanceando su bastón de mando y la ropera al cinto entre los camastros, dejando claro con cada uno de sus gestos su rango y posición. Por la ventana todavía se podía apreciar el aire enrarecido mar adentro, sucio de pólvora y astillas sobre un agua oscura aún teñida por la sangre. Al contrario que otros nobles que se dejaban caer por el hospital para interesarse por el estado de la tropa, Don Juan de Austria no se llevaba el pañuelo al rostro ni sufría arcadas al ver los cuerpos mutilados a fuego y acero. Era la suya una cara generosa, empática con los soldados que esperaban pacientemente sanar o morir. Sus bigotes se giraban sobre una sencilla sonrisa cuando un veterano le dirigía la palabra, agradeciendo el esfuerzo de todos ellos en su lucha contra el Turco. Él, como uno de los principales generales de la contienda, había desempeñado su labor de manera impecable diseñando una estrategia atrevida y actuando con el arrojo que le caracterizaba, pero no por ello restaba mérito a todos los buenos hombres que habían dado su vida por la Liga Santa.

Don Juan seguía su periplo entre los quejidos apagados de los que se incorporaban a su paso cuando al final del pasillo se topó con un herido que le esperaba junto a su lecho apoyado en un compañero. El general no pudo ocultar su sorpresa al ver al hombre en pie, temblando levemente por el esfuerzo mientras intentaba mantener la compostura. El soldado era de estatura media, algo más bajo que el de Austria, moreno y con barba como tantos otros pero con un brillo sagaz en la mirada que ni sus ojos hundidos y amarillentos de fiebre lograban apagar. Llevaba el pecho vendado bajo la camisa y escondía la mano izquierda tras la espalda del camarada que le mantenía firme.

— ¿Quién sois vos, que estáis de pie pese a vuestras heridas?

El soldado amagó un paso al frente y con voz ronca dijo su nombre: Miguel de Cervantes, alteza. Don Juan enarcó una ceja al verse frente a aquel hombre, del que le habían hablado bien tras la batalla del golfo de Lepanto. Según decían, el tambaleante despojo que tenía delante era un personaje orgulloso y de duro carácter al que ni las calenturas sufridas el día antes de la contienda le habían hecho flaquear, luchando siempre con brío y valentía.

— ¿Qué heridas tiene este hombre? —preguntó el de Austria a un galeno cercano.

— Dos tiros de arcabuz en el pecho, alteza. Y unas calenturas mal curadas.

— Tres arcabuzazos —intervino Cervantes con voz floja—. El tercero en la mano izquierda.

Apartando levemente a su compañero, el soldado mostró una mano cubierta de vendas colgando desde su antebrazo.

— ¿Quedará manco?

— Tullido. A mí nadie me corta la mano.

Su orgullo de veterano se notaba en el tono, ni por asomo amilanado ante la presencia del hermano del rey. Cervantes gozaba de fama de hombre peligroso con el acero, y había quienes comentaban que por un quítame allá esas pajas había retado en Madrid a un hombre hiriéndolo gravemente, pesando sobre él pena de cárcel.

— Me dicen que os batisteis con valor. Y eso que vuestro capitán os ordenó quedar en la cámara de galera.

— Os digo lo que dije a él. Prefería y prefiero morir peleando por Dios y por mi rey que meterme en cubierta.

El gesto chupado y macilento de Cervantes todavía daba más solemnidad a sus palabras. Decenas de miles habían muerto en Lepanto y él no había corrido su misma suerte por poco.

— El señor de Cervantes no sólo pelea bien, sino que parece tener buen verbo. Que le suban cuatro ducados su paga como reconocimiento a su bravura… y a esa mano perdida.

Varios compañeros miraron a Cervantes, algunos con orgullo y otros con envidia, pero él ni se inmutó. Agachó lo que pudo la cabeza en una pobre reverencia y se mantuvo en su sitio sin moverse.

— Fue una buena batalla la de ayer, señor de Cervantes —dijo Don Juan a modo de despedida.

— La más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros, alteza.

Don Juan de Austria se detuvo y miró sonriendo por encima del hombro a Miguel de Cervantes, que no parecía tener intención alguna de regresar a su camastro.

— Nadie la habría definido mejor.

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