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La hiena de la Gestapo

Sería justo al volante de su elegante Citroën cuando Violette reparó en cuán errado estaba el azimut de su vida. No en su juventud practicando multitud de deportes, ni siquiera cuando más tarde se aficionó a la velocidad y las carreras de coches. Como suele ocurrir fue en el fugaz final, acompañada por una familia de colaboradores nazis, cuando vio en los destellos de las armas de la resistencia francesa las decisiones que le habían llevado a morir de esa forma.

Quizá fueron la educación en un convento y su matrimonio forzado los que forjaron esa personalidad dura e inmisericorde. Ayudaría también el rechazo de su familia al declararse abiertamente lesbiana. Los años compitiendo en varios deportes, con grandes victorias pero también duras derrotas. Su afición al boxeo y sus combates contra hombres, muchos ganados por KO. Es posible que la imagen que se creó de ella, de mujer ruda, independiente y segura de sí misma, la espoleara a seguir adelante. O quizá fue simplemente cosa del destino, quién sabe. La realidad era que su cadáver yacía roto por mil balas, tirado en la cuneta para satisfacción de sus verdugos.

Todo lo que un hombre puede hacer, Violette lo puede hacer, solía carcajearse. Y vaya si lo hizo. En plenos años treinta practicaba halterofilia, boxeo, equitación y tiro con arco con la misma naturalidad que pilotaba coches, motos y aviones. Pese a ello no pudo evitar ser expulsada de la Federación deportiva femenina acusada de falta de moral al haberse sometido a una mastectomía voluntaria y vestir siempre ropa de hombre. Puede que fuera eso lo que la echó en los brazos del nazismo, convirtiéndose en espía durante los años previos a la guerra. Qué poco se imaginaban sus muchas amantes, a las que agasajaba con copas y puros en Le Monocle, que esa recia mujer sería quien firmase sus condenas a muerte.

El sufrimiento de París durante la guerra fue convertido en beneficios para Violette, que residía en una casa flotante en el Sena con el beneplácito del mismísimo Führer. Con varios negocios de estraperlo a su cargo, vivía entre algodones tras haberse ganado el respeto alemán con sus chivatazos: desde listados para las purgas hasta planos de la inexpugnable Línea Maginot. Era una loba solitaria, una superviviente capaz de hacer todo lo posible por salir adelante.

Puede que le costara dar el paso de informadora a ejecutora. Puede que el odio a todos aquellos que limitaron su carrera se lo pusiera más fácil. Eso no llegó a pensarlo en su Citroën. Lo que seguro recordó fueron las detenciones, torturas y ejecuciones que llevó a cabo desde que se unió a la Gestapo. Su crueldad era conocida en toda la ciudad, destrozando pacientemente los cuerpos y mentes de las detenidas que quedaban a su cargo hasta obtener la confesión deseada. La hiena de la Gestapo, la llamaban. Violette aplicaba en sus interrogatorios los mismos principios que durante su carrera profesional: meticulosidad, firmeza y dedicación. Su competitividad no era con otros, era con ella misma.

Cuando las cosas empezaron a ir mal decidió abandonar París. Dejó a su amante, cogió su lujoso coche, y desapareció antes de ser condenada a muerte en absentia. Poco importó eso a la resistencia francesa. Después de seguirla durante largas semanas por fin se ordenó colocar la trampa para la bestia, aprovechando que además llevaba en su coche a una familia de colaboradores del régimen nazi. Ninguno sobrevivió a la emboscada.

Quizá Violette se arrepintió con su último aliento de todo lo que había hecho. De haber dejado que la rabia y la ambición tomasen el control de su vida llevándole a lugares a los que jamás debió ir. Poco importaba ya, pues alrededor de su cadáver los gritos triunfantes de los miembros de la resistencia apagarían cualquier amago de disculpa. Su destino se había cumplido. La hiena de la Gestapo había muerto.

 

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