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La faena eran ellas

Sol de justicia y bochorno cuando casi eran las seis de la tarde. En el coso el ambiente era alegre, con las señoronas bien pertrechadas de abanicos en la sombra, los taurinos más entendidos bajo la presidencia, vendedores de tabaco, pipas y refrescos haciendo el agosto, y el olor característico de la arena, el sudor y la emoción bailando en el aire. Todo el papel estaba vendido hacía días y la banda amenizaba el previo al festejo con pasodobles tarareados por el respetable. Ningún barcelonés se había querido perder la faena. Se anticipaba una jornada gloriosa, y eso que sólo era una novillada.

La entrada del presidente fue recibida con un aplauso en varias partes del redondel, opulento de rojo sangre y amarillo arena. Los comentarios no dejaban de transitar los mismos temas: la casta de los animales, el temple de las espadas, banderillas, capotes… lo habitual en esos momentos. Dicen que pinta bien la cosa, pues yo he escuchado que no tanto, este año la ganadería anda floja y demás impertinencias para intentar quedar por encima del compañero de banco. La estratificación social se veía bien de abajo a arriba y de izquierda a derecha. Los mejores tendidos, los de sombra, estaban plagados de reflejos dorados, linos, pamelas, chisteras y humo de habano. Por el contrario cuanto más se subía y más al sol se estaba los tejidos perdían su fulgor, las joyas se convertían en bisutería, el olor a tabaco era sustituido por un requemado de colillas compartidas y en los lomos de los sombreros aparecían rozones de mucho uso.

Con la llamada del clarín la puerta de cuadrillas se abrió dando paso a las ovaciones. En especial aplaudían las mujeres, agitadas ante el espectáculo que estaban a punto de presenciar. Entre las sombras de las entrañas del coso fueron dibujándose las siluetas de los alguacilillos, vestidos de terciopelo negro sobre nerviosos corceles tordos. El sudor les caía a chorretones bajo los sombreros, que estaban terminados en elegantes plumas anaranjadas. Detrás de ellos, las protagonistas de la tarde. Las tres de rojo carmín, con sus capotes de paseo, las monteras en la diestra y el paso parsimonioso y seguro de la mujer que se sabe observada. La cuadrilla de las Noyas, como se la conocía por estar íntegramente formada por mujeres, hacía su entrada en el ruedo.

El público vibraba expectante; si ver torear a una mujer era algo casi imposible, disfrutar de la cuadrilla completa con mozas de espadas, picadoras y banderilleras era un hito digno de contarse. Abajo, notando la arena crujir a cada paso, ellas mantenían el temple con la vista alta, orgullosa entre los reflejos encarnados de sus trajes de faena. Con gotillas de sudor resbalando por el cogote agradecían las miradas de admiración del sector femenino del respetable, al tiempo que ignoraban las de los babosos que desnudaban sus piernas ceñidas de rosa bajo las faldillas cortas llenas de volantes.

El presidente se apoyó en la baranda del balconcillo quitándose el puro de la boca y saludó a las tres mujeres dando por finalizado el paseíllo. En el coso las voces se apagaron a la espera de la llamada del clarín para dar inicio a la corrida. Las toreras se abrazaron y se desearon suerte, colocándose una en el centro de la plaza y las otras dos tras el burladero. No importaba cuál lograra el mayor aplauso, las orejas cortadas o si se abría o no la puerta grande. Esa tarde la faena eran ellas.
 

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