fbpx

La elección

Ella quiere neumología. Lo tiene muy claro. Otra cosa es que pueda hacerse con una plaza en esa especialidad, porque LA elección es la guerra. Sí, LA elección, con mayúscula.

Dos días lleva sin apenas dormir, sufriendo nervios, ardor de estómago y otras incomodidades gastrointestinales. A sus espaldas van siete años de preparación, por no hablar del estrés del instituto y la selectividad con las dichosas medias, partiéndose los codos contra asignaturas olvidadas nada más hacer el examen —a ver quién es el guapo que se acuerda de algo de embriología, con lo pesado que era el profesor—, y ya sólo falta el último trámite. En apenas unas horas todo quedará agazapado en un rincón de su memoria listo para ser revivido rodeada de nietos.

— ¿Os he contado cuando elegí especialidad?
— Sí, abuela, justo antes de la comida.
— Era yo una mocita de apenas veinticinco años…

El MIR fue muy bien, mejor de lo esperado se atrevería a decir. Un número competente, de esos que se envidian mucho entre cirujanos frustrados por tener que elegir especialidades menores. Sí, menores, que unas valen más que otras, eso lo sabe cualquiera. Afortunadamente ella no tiene que preocuparse de todo aquello, porque quiere hacer neumología, que debería ser un objetivo asequible. Aun así se ha dejado caer por el Ministerio el día antes de LA elección para ver cómo va la cosa. Por si acaso. Se acerca al segurata junto a otro montón de desesperados electores y se lleva las listas a los ojos y las manos a la cabeza.

— ¡Vamos, no jodas! —masculla— ¿Es que este va a ser el año que se ponga de moda la neumología?

Sus destinos ideales ya no están, y ella es la número cuarenta y dos del día siguiente. Visto lo visto tiene que preparar bien el listado de alternativas y prepararse para lo peor.

— Bueno, ¿qué vas a elegir? —dice su padre cuando llega a casa.
— Pues no sé, porque a partir de según qué sitios la neumología igual me deja de interesar…
— ¿Cómo te va a dejar de interesar? ¡Si es lo que querías!
— Papá, no ayudas.

Hasta las dos de la mañana analizando opciones, especialidades, e intentando recordar las visitas a los hospitales. Y a las dos y media a dormir; o intentarlo —la cosa está como la canción de Sabina, y nos dieron las dos y las tres— porque los ronquidos de su padre hacen temblar las persianas, y, además, ya despunta el alba. La noche entera a perros.

Está atacada, y quiere salir de casa con tiempo de sobra. Su padre se retrasa dando lugar a una conversión rapidísima de vamospapá a siesquenoséparaquéteesperocoño. Al final la cosa no se va de madre y llegan con veinte minutos de antelación al Ministerio. Ya hay algunos angustiados —angustiados como ella, con sus ojeras de sueño y miradas inquietas¬— en la cola, y comentan, jiji, risita nerviosa, que a ver. Que qué especialidad quieres, pues no lo sé, mejor no lo digo que se gafa, dilo tú que a mí me da la risa. Al final, con dos minutos pasados de la hora acordada, el segurata de turno abre la puerta y ella avanza hombro con hombro con el resto de compañeros hasta una sala circular enorme en la que van a hacer la elección. LA elección. Con mayúscula.

Buenos días, saluda la que parece encargada del cotarro tras una mesa con dos personas en una punta y tres en la otra. Aquí podéis preguntar por plazas, dice señalando al grupo de dos, y aquí elegiréis especialidad —LA elección de especialidad—. Empezaremos a llamaros por número, por favor en cuanto lo oigáis os acercáis y hacemos esto tan rápido como sea posible, ¿vale? Pues empezamos: Número mil treinta y siete.

Seguimos para bingo.

Ella palmea sus muslos con las manos, el suelo con los pies, el respaldo con la nuca; palmearía una oreja con la otra si pudiera. Toda ella palmea. Está muy —muy— nerviosa. La boca seca, el puñetero aire acondicionado helándole los hombros, la imbécil esa rubia que seguro que coge neumología porque coño, este año está de moda. Así está ella. Con la cabeza como las maracas de Machín.

Mil setenta y ocho, dicen desde la mesa.

Ya toca. Ya es. Ya. LA elección. Ya.

Camina con paso dubitativo hacia uno de los ordenadores y pregunta al hombrecillo calvo que está delante de la pantalla por la primera plaza que tiene apuntada en su lista. Una lista de cuarenta y dos opciones, por si acaso. Una lista que salta de su mano como salta el peso que tiene encima al ver que la plaza sigue libre. Pa’ mi, pa’ mi, canturrea. Después se acerca a donde están los encargados de la elección. Dice sus datos muy bajito, como si pidiera permiso para ir al baño, y una mujer teclea rápidamente.

— Revísalo todo y, si lo ves correcto, le das al enter —le dice.

Por si acaso lo lee muy lento en voz alta y espera a que la señora cabecee. Que sí, criatura, que esa es la tuya, le dice con la mirada. Tira, anda, que telita lo que me queda todavía aquí.

Sale del Ministerio por la puerta principal con un papelito que confirma su plaza. Ya no tiene ni lista en la mano ni peso añusgándole el pecho. Sonríe a su padre, que vuelve a ser vamospapá, y saluda a un par de compañeros.

— Qué —le preguntan—. ¿Qué has cogido?
— Neumología en el Ramón y Cajal.
— Qué guay, ¿no? ¿Era lo que querías?
— Sí, pero no me preguntes más —se ríe—. Ahora mismo no me acuerdo ni de por qué quería hacer neumología.

Deja un comentario