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La crítica

Se preparó un té con la parsimonia habitual. Agua a noventa y cinco grados centígrados exactos, una cucharadita de té negro, otra de azúcar moreno y una galletita de canela para después. Con mano firme y cuidado de que nada se derramase llevó la humeante bebida al despacho, a la mesa donde el ordenador ya esperaba encendido con la hoja en blanco dispuesta. Después se acercó al perchero y del bolsillo interior de la chaqueta que se había puesto el día anterior sacó el programa del concierto que había ido a ver. En él estaban apuntados todos los detalles que había escuchado en las casi dos horas de música, y gracias a esas anotaciones y a su memoria podría escribir la crítica.

Una vez de vuelta al escritorio se colocó las gafas en la punta de la nariz y tecleó en la cabecera de la hoja los datos relevantes para la crónica: fecha, auditorio, orquesta, programa, solistas… todo lo necesario para la entradilla de la crítica. Después pensó en cómo iba a organizar la información, el tono a utilizar, versiones con las que comparar, y sólo cuando tuvo respuesta a todas esas preguntas se dispuso a comenzar la redacción.

Anoche, comenzó, pudimos ver un concierto de los que raras veces se ven. Un concierto inusual por una sola razón digna de relevancia desde la primera línea de cualquier crítica. Se detuvo un momento y rememoró todo lo que había sentido la noche anterior al regresar a casa. Pronto dio con la frase adecuada para seguir. Anoche vimos cómo una orquesta, un director y unos solistas ofrecían el mejor ejemplo de lo que no debe ser un concierto de música clásica. El critico sonrió satisfecho y dio un sorbo al té para comprobar si podía beberse ya. Todavía estaba demasiado caliente.

Una orquesta, con su director y sus cantantes al frente, son como un ejército marchando en tiempos de guerra: han de mantenerse unidos ante las dificultades para poder resolver la batalla (la obra) con la mayor brillantez, intentando que el número de bajas (los fallos) sea cero. El símil bélico le gustó. Le daba fuerza al texto. Pues bien, si por lo visto ayer tenemos que juzgar el resultado de la contienda, no podemos utilizar otra palabra que no sea masacre.

Satisfecho con el comienzo, el segundo, tercer y cuarto párrafos los dedicó a descripciones, metáforas y comparaciones con versiones canónicas, dejando en ridículo a cada uno de los participantes del concierto. Malos tempi, sonido abierto, puntos de tensión inconclusos… todo aquello que su entrenado oído consideraba inexcusable quedó cáusticamente explicado.

Miró el reloj. Todavía tenía tiempo para enviar su texto a la revista antes de que cerrasen la edición. En el último párrafo vertió conclusiones nada halagüeñas sobre la calidad de la agrupación, las carreras de los solistas y el futuro del director para cerrar con una frase lapidaria: En resumen: si no fueron a ver el concierto de ayer no se perdieron absolutamente nada. Fue un completo desastre.

El crítico aprovechó el punto final para suspirar como si estuviese a punto de hacer un gran esfuerzo y beberse el té en dos largos tragos. Releyó el texto, retocó algunas frases y guardó el archivo en una carpeta titulada “Críticas reales”. Después abrió un una nueva página en blanco, tragó con gran dificultad, y comenzó a teclear de nuevo.

Anoche, carraspeó varias veces antes de seguir, pudimos ver un concierto de los que raras veces se ven. Un concierto inusual por una sola razón digna de relevancia desde la primera línea de cualquier crítica. Se detuvo un momento y notó cómo la vergüenza se le adhería a los dedos conforme escribía la siguiente línea. Anoche vimos cómo una orquesta, un director y unos solistas ofrecían el mejor ejemplo de lo que debe ser un concierto de música clásica.

Sintiendo cómo la boca se le llenaba de un sabor amargo echó mano a la galletita de canela. Con ella entre los dientes volvió a suspirar al pensar en la crítica que a él le gustaría enviar. Una crítica que su editor jamás publicaría.

La revista necesitaba el dinero que la orquesta le pagaba para colocar publicidad entre sus páginas.

 

Foto de portada: ©StartupStockPhotos

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