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La comandante

Diario de abordo. Día treinta y uno de la cuarentena.

La cosa no va bien. Nada bien.

La puerta turbomecánica está cerrada herméticamente para evitar que nada entre o salga de nuestra nave. El almacén se vacía de víveres y los materiales para llevar a cabo nuestra misión escasean. Sólo paseamos por la nave la comandante y yo. El resto de la tripulación sigue en sus camarotes.

El oficial de intendencia está ahora mismo intentando contactar con la nave nodriza; no debo molestarle. Espero que tenga suerte, porque nuestras telecomunicaciones fallan haciendo casi imposible pedir ayuda. Además hasta que no termine el encierro se han prohibido los paseos espaciales, por lo que no tenemos forma de salir a comprobar si nuestra antena está rota. La desesperación hace mella en nuestros ánimos; no sé cuánto tiempo tardaremos en volvernos locos. ¿Qué será lo que nos mate? ¿El hambre? ¿El tedio? Cada día me lo pregunto sin querer conocer la respuesta.

Pese a vivir encerrado en un bucle inmutable de días no olvido mis obligaciones. Son importantes, y la comandante de la misión me lo recuerda todas las mañanas. Cada jornada recurro a mi instrucción para matar el rato, deseando que llegue el momento en el que podamos retomar nuestra rutina. Me dedico a mi labor me apetezca o no. Estoico. Profesional. Soy un simple oficial de campaña en esta misión de reconocimiento, pero me afano en intentar ayudar. La comandante no puede hacerse cargo de la situación sola, y el oficial de intendencia apenas hace otra cosa que intentar reparar nuestras telecomunicaciones. Debemos permanecer unidos en estos tiempos difíciles.

La infectada sigue en aislamiento hasta que termine el periodo de recuperación. A veces la escucho gimotear al otro lado de la puerta de su camarote, pero no podemos permitirnos bajar la guardia. La comandante ha ordenado que sólo se abra su puerta para entregarle las raciones de alimento necesarias para su supervivencia. Nada más. Su estado de salud es estable pero según los pocos informes que nos han llegado parece que seguirá siendo contagiosa durante varias semanas. Debemos andar con cuidado para que…

¡Ding-dong!

— ¡Voy yo!

En el descansillo una mujer espera con un carrito y dos bolsas llenas. Está separada a tres pasos de la puerta, respetuosa y prudente.

— Buenos días Elena —dice la madre nada más abrir—. Muchas, muchas gracias.
— De nada mujer, ¿para qué están los vecinos?

Elena vive en el tercero C, y se ha ofrecido a hacerles la compra. Ellos no pueden salir porque Claudia, la hija mayor, ha dado positivo por coronavirus y toda la familia está encerrada en casa en cuarentena.

— ¿Qué tal lo estáis llevando? —pregunta Elena al ver las ojeras de su vecina y las manchas en su sudadera.
— Imagínate. Alfredo encerrado todo el día en nuestra habitación coordinando los pedidos de la empresa para intentar salvar alguno y poder hacer frente a las facturas. Claudia en su habitación, ya sin síntomas pero todavía encerrada para no contagiar. Y yo con el pequeño, pegándome con él para que haga las actividades que mandan sus profesores…
— Bueno mujer, seguro que pasa rápido. Y ya sabes, si necesitáis algo tanto mi Paco como yo estamos a vuestra disposición.

La madre saca fuerzas de flaqueza para esgrimir una sonrisa de agradecimiento.

— El tique está en una de las bolsas, ¿no? Ahora mismo te hago la transferencia.

La vecina le devuelve la sonrisa. Alguien abre la puerta de la calle y se forma una corriente que recorre los pasillos vacíos buscando una ventana abierta por la que escapar.

— Bueno, me voy a preparar la comida. ¡Cuidaos mucho!
— Muchas gracias, vosotros también.

La madre mete el carro y las bolsas y cierra la puerta con llave. Se rasca los ojos y con la palma de la mano frota sus doloridos riñones. Seguir veinticuatro horas al día el ritmo de su hijo le está pasando factura. Resopla resignada, aclara su voz y lanza el llamado.

— Oficial de campaña, preséntese ante la puerta turbomecánica.

Un correteo desde el salón anticipa la atolondrada llegada de Daniel, el pequeño de la casa, que a sus seis años vive entusiasmado por las naves espaciales y lleva un traje hecho con una caja de cartón recubierta de papel de plata y un colador metálico por casco.

— ¡A sus órdenes comandante!
— Oficial, ayúdeme a llevar esto a la cocina y después vamos a hablar con la infectada, que estará aburrida de llevar todo el día encerrada en su habitación.
— ¡Sí, comandante!
— ¿Están hechos los deberes? —carraspea al ver la mirada interrogante que le dedica su hijo—. Digo… ¿Ha finalizado la instrucción de hoy?
— ¡Sí, comandante!

Un mes de cuarentena, suspira la madre mientras tira del carro. Que acabe pronto. Delante de ella, Daniel arrastra una de las bolsas con mucho cuidado, mordiéndose la lengua con los ojos guiñados en una mueca muy graciosa. Su madre sonríe y de pronto se le olvidan las peleas, los horarios imposibles y la imaginación saturada.

— Lo que cuesta a veces —susurra sacando el móvil del bolsillo para hacerle una foto—, pero no lo cambiaría por nada del mundo.

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