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La campana

El tobillo me falla al dar el primer paso. Casi puedo tocar la maldad que emana esta casa. La casa de mi abuela. Me ajusto el alzacuellos y piso con fuerza sabiendo que estoy entrando en la trampa que me ha preparado, pero no tengo otra alternativa que continuar hasta las mismas puertas del infierno si es necesario.

El olor agrio que sofoca el aire me trae recuerdos de mi niñez. Una vez, por ejemplo, mi abuela me amenazó con meterme en el horno por haber hecho una pregunta inapropiada. Otro día me obligó a limpiar toda la cubertería de plata como castigo por haber tirado una copa de vino durante la comida. Mis padres ni chistaron. Yo tenía siete años. Pero sobre todo recuerdo cómo me agarró las muñecas con sus manos ganchudas y frías cuando le dije que me había ordenado sacerdote. La repugnancia con la que me miró.

No puedo dejar que la memoria me distraiga; necesito estar centrado, tranquilo. Es al Mal al que me enfrento y estoy completamente solo y a su merced. Ya no tengo dudas de que las desapariciones que han ocurrido en el edificio son obra de un poder mayor que cualquier otro al que me haya enfrentado. Y ahora estoy metido en el fondo de su guarida.

Es inútil que revise cada una de las habitaciones: sé exactamente dónde me está esperando. Dejo a mano izquierda el comedor, en el que por el rabillo del ojo veo figuras oscuras agitándose sobre lo que parece un cuerpo convulsionando. En el resto de salas imágenes igual de dantescas intentan hacerme flaquear, pero con la mano apoyada en el crucifijo de plata que guardo bajo la camisa sigo por el pasillo de la izquierda hacia la única puerta que está cerrada. La de su dormitorio.

No se oye nada, ni se ve de dónde procede la lóbrega luz que ilumina mi camino. Sólo siento el olor agrio en el aire y el palpitar fuerte de mi corazón en el pecho y las sienes recordándome que sigo vivo.

Agarro el pomo de la puerta cerrada y lo noto caliente. Todas las deformadas figuras que participan en los aquelarres de las habitaciones se asoman al pasillo para verme cruzar el umbral. No he llegado hasta aquí para detenerme ahora. Suspiro y giro la manivela para encontrarme con una oscuridad que me absorbe cerrando la puerta a mi espalda.

Sobre el latir de mi sangre en los oídos, un mecanismo acaba de activarse. De pronto una luz tenue ilumina a un par de metros de distancia una enorme campana colgada de ninguna parte. Estoy encerrado en una habitación circular con la gigantesca campana a dos pasos de mí. Es entonces cuando una cadena invisible empieza a deslizarse en la negrura y el monstruo de bronce se balancea anticipando su inminente tañido.

Nada en el mundo podría haberme preparado para el estallido del primer golpe del badajo. El sonido metálico hace temblar todo mi cuerpo, mis piernas fallan hasta ponerme de rodillas. No es sólo el estruendo metálico lo que me provoca náuseas: en el eco de cada tañido un millar de voces seseantes gritan en lenguas imposibles que me debilitan más y más. La cabeza me arde y me da vueltas, y sudor congelado baña toda mi piel.

Un golpe en el pecho me tira al suelo y hace que cese toda la locura dejándome temblando boca arriba. Siento más frío del que jamás he sentido. Un frío que procede de mi interior. Me miro las manos y las veo grises. No hay saliva en mi boca. Tengo los ojos secos.

Durante mi preparación como exorcista me hablaron de que algo así podía ocurrir, pero jamás imaginé que pudiera pasarme a mí. Acababan de robarme el alma.

 

Foto de portada: ©RoyBuri

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2 comentarios en «La campana»

  1. Que miedo he pasado con el relato. Me recuerda una tarde de verano y con lectura del exorcista. En uno de los momentos, cuando más me encogía y me metía en la ranura del sofá, un fuerte portazo en el cuarto de estar me hizo tirar el libro y el corazón parecía una metralleta. Puffffffffff, lo acabé leyendo pasados unos años.

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