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La calle de la nostalgia

No recuerdo cómo llegué allí. Lo intento y no hay manera de que hacerlo. Supongo que, como acostumbro, andaba sin pensar, buscándome entre llamadas, correos y mensajes pendientes. Crucé una calle, corrí al ver el semáforo rojo, atravesé por el parque, y de pronto el ruido se apagó. Como si alguien hubiese cerrado una puerta detrás de mí. Ni coches, ni gente. Solo silencio y farolas encendidas aunque aún no era de noche.


De pronto me vi en una calle estrecha, antigua, con baldosas irregulares y la sensación húmeda de los sitios donde nunca da el sol. Me detuve. El aire olía a la casa de mi abuela. No era un recuerdo vago del pasado, era el olor exacto: café recalentado, jabón, ropa secándose en una cuerda. Las piernas me temblaron.


Seguí caminando.


A la izquierda había una ventana abierta. Tras la cortina blanca, una voz decía: “no llegues tarde”. Una voz que reconocí al instante: era la voz de mi madre. No como la recuerdo ahora, anciana y apagada, carcomida por la enfermedad, sino como sonaba cuando yo tenía nueve años. Cuando iba al parque a jugar con mis amigos. Me acerqué, pero dentro no había nadie.


Avancé.


Un niño pasó corriendo junto a mí. Me rozó el abrigo con el codo. Llevaba una camiseta azul que conocía muy bien. Era yo. Lo supe al instante, por la forma en que se mordía el labio, por cómo apretaba la mano sobre el bolsillo: allí guardaba las canicas que había ganado a Alfredo en el patio del colegio. Un bolón rojizo, y quince de colores.
Me detuve un momento, intentando respirar. La garganta me quemaba como si hubiera fumado. O gritado. O llorado toda la noche. ¿Dónde estaba? ¿Qué hacía yo allí?


Seguí adelante. Apenas quedaban dos o tres casas para terminar la calle.


A la derecha me esperaba una bicicleta oxidada. Mi primera bicicleta. Roja, con el puño izquierdo deshecho. Nunca supe qué fue de ella, pero al verla como un adulto entendí que me la quitasen de las manos. Yo jamás habría querido otra, pero claramente no era adecuada para un crío. Ni para un crío ni para nadie. Al fondo, dos adolescentes se besaban bajo un farol. Era Marta. Era yo. Era un momento que juré no olvidar y al que, sin embargo, no había vuelto. Hasta ahora.


Salí de la calle con el corazón en un puño. No me di cuenta de cómo salí; solo de que, de pronto, el ruido volvió: coches, pitidos, una moto rugiendo. Estaba en otra parte. No había placas, ni nombre en la esquina. Y a mi espalda un edificio industrial abandonado me cerraba el paso.


No sé si algún día podré volver a esa calle de la nostalgia, pero desde entonces, cuando camino sin rumbo, siento que a veces el mundo se calla y la luz se apaga, y creo que esa calle me busca.


Y ojalá algún día me encuentre.

 

Foto de portada: ©Pexels

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2 comentarios en «La calle de la nostalgia»

  1. Genial!!!!
    Bonito regreso al pasado. Cuanto lo echamos de menos, cada vez más.
    Me has vuelto a sorprender, sigue así.
    Un abrazo
    Jesus

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