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La Brava

Cuando la trajeron yo no vi en ella nada especial. Era una vieja; una de tantas que, completamente gagá y escoltada por una familia incapaz de hacerse cargo de ella, nos aparcaban a nosotros, los “profesionales” del asunto. Cuatro pelos grises con restos de tinte en las puntas, manos débiles y marchitas salpicadas de manchas y venas azuladas, temblor constante, baba en el límite de la comisura, y un rostro siempre asustado y con la mirada perdida.

Hacernos con ella fue complicado. Algunas noches le daba por gritar como una posesa, y se enfadaba cuando le cambiábamos el pañal y la lavábamos; incluso tuvo una época que le dio por tirarnos la lámpara de su mesilla. No sé de dónde sacaba la fuerza, pero el caso es que hacía daño, la jodía. Se llamaba María Virtudes Molina, pero todos la conocíamos como María la Brava.

Con el tiempo fuimos conociéndola, y ella a nosotros. A Juan y a David no podía verlos, a mí ni fu ni fa; en cambio a Paco le cogió un apego especial, convirtiéndose en el único que conseguía calmarla cuando le daban sus arrebatos nocturnos. Era grande y simpaticón, Paco, y el favorito de la Brava. Qué paciencia tenía con ella. Se le arrimaba despacio, desde la puerta, y le tomaba esa mano escuálida que se agitaba en el aire como si fuera de plástico y empezaba a acariciársela susurrándole cosas al oído. Era muy tierno verle mientras la Brava sólo gemía y lloraba palabras que ninguno podíamos entender.

Fue Paco el que se dio cuenta del secreto que guardaba la Brava. De casualidad, como suelen pasar estas cosas. Su familia jamás venía a verla, por lo que no sabíamos nada de su pasado, así que tuvimos que probar cosas. Un día que la habíamos aparcado en un esquinazo, tapada con su rebeca de ganchillo y con la vista perdida a través de la ventana, ocurrió. A la gerencia le había dado por cambiar el hilo musical de la residencia por un disco de obras para piano de Chopin, y cuando Paco pasó al lado de la Brava vio que, por primera vez desde que la cuidábamos, había vuelvo la cabeza hacia los bafles ocultos en el techo.

— ¿Le gusta, Virtu? —le acarició la cabeza con delicadeza—. ¿Es bonita la música?

Y por primera vez vimos cómo la cara de la Brava se arrugaba un poco más de lo normal en un atisbo de sonrisa.

Desde entonces cada vez que se alteraba Paco le ponía una pieza de Chopin en el móvil: como por arte de magia ella se calmaba mucho más rápido, e incluso parecía seguir el pulso con la cabeza y las manos. A decir verdad no sólo con las manos, los dedos también se movían sobre el aire, perdiendo por un instante su apariencia chiclosa para recobrar una energía ya olvidada. Y Paco se percató de aquello.

Dos días más tarde Paco apareció con un maletón enorme bajo el brazo sin querer decirnos qué tramaba. A media mañana nos llamó y, empujando la silla de ruedas de la Brava, la llevó a una salita de reuniones donde ya estaba todo preparado. En una mesa baja había colocado un teclado eléctrico enorme, y hasta allí llevó a la mujer. Con mucho mimo guio sus manos plasticosas a las teclas y las dejó caer emitiendo un acorde horrible de pianola de western que arrugó el entrecejo de todos los que estábamos en la sala. Bueno, a todos no. Aquel sonido estridente hizo reaccionar a María Virtudes, que parpadeó un par de veces como si fuese la primera vez que veía el mundo. Con una parsimonia lánguida se echó hacia adelante dejando caer su rebequita de punto, y sin temblar un ápice empezó a tocar la melodía triste de una de las obras de Chopin que Paco le ponía cuando se alteraba.

No sé qué clase de magia obró ese piano eléctrico en la mente de María Virtudes, pero desde entonces parecía otra. Sonreía más, respondía con leves cabezazos cuando se le hablaba, y dentro de sus ojos una luz que no sabíamos que existía iluminaba sus iris marrones durante las horas que pasaba tocando la misma melodía una y otra vez.

Apenas recuerdo más cosas ese tiempo, pero lo que jamás olvidaré será la imagen de Paco llorando como un niño junto a la Brava cada vez que ella tocaba aquella melodía triste de Chopin.

3 comentarios en “La Brava”

  1. Me ha encantado. Además, toca un tema, por desgracia muy actual, el de las residencias, un gran olvidado de la literatura. Enhorabuena.

    • Muchas gracias Luz, me alegro de que te haya gustado. Esperemos que no sólo la literatura, sino los políticos (que al fin y al cabo son los que pueden cambiar las cosas a lo grande) den más importancia a las residencias y no sólo las usen como arma arrojadiza.
      ¡Un abrazo!

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