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La bandera

Se ha contado muchas veces, lo de la bandera. Que si fue de esta forma, que si fue de aquella otra. Las historias de uno y otro bando, de cada vecino, mutan según se repiten y así quedan después: descoloridas y raídas por el tiempo y los prejuicios. Manidas, carentes de su sentido original. En el caso de la de la bandera hasta la han metido de aquellas maneras en una película de ahora. Y claro, una se harta de que todo el mundo opine sin preguntar a la única que lo vio y sigue aquí para contarlo.

Era una mañana espléndida, de esas de verano caluroso, sol radiante y cielos azules hasta donde alcanza la vista. La Catedral se recortaba magnífica dominando la ciudad, mirando orgullosa a las dos torres de la Clerecía, que siempre le han tenido envidia. Menos mal que ahora las han hecho visitables y pueden tener a gente paseándolas, porque antes estaban de un estúpido subido que ni te cuento. Míranos, somos una universidad, y esas cosas. Si vuestras cúpulas iban a ser para mí, almas de cántaro, pero una es de cimientos flojos y claro, no pudo ser. Mejor, que así mi espadaña queda más armoniosa… pero esa no es la historia. El asunto es la bandera.

Yo, que lo he visto todo en estos cerca de trescientos años que gasto, ya me olía algo raro. Mis medallones, que me prestan sus oídos, oían a la gente comentar cosas de revolución, de golpe de estado y de asesinatos. De un tal Calvo Sotelo, creo recordar. No me lo tengáis muy en cuenta, que una ya va mayor y aunque envejezco bien la memoria es la que es. Estamos hablando de cuando tenía jardines y baños públicos… ¡anda que no ha llovido!

Aquellos eran tiempos convulsos, difíciles… y más que iban a ponerse. Porque a mi espalda empecé a escuchar el paso acompasado de la columna militar mucho antes de que la gente lo oyera. Entre mis soportales los muchachos giraban hacia un lado y las muchachas hacia otro, regalándose confidencias en forma de miradas huidizas y saluditos con el abanico. Eran otros tiempos. Los niños correteando por los jardines, la gente tomando café, churros y limonadas en las terrazas, y el barquillero haciendo el agosto, aunque era julio, a la sombra de un árbol. Qué poco sabían de lo que iba a ocurrir.

La columna entró por mi arco central, el del ayuntamiento, y entonces fue cuando la gente empezó a olerse la tostada. Vi carreritas incómodas, madres cogiendo de la mano a sus niños, gente que se retiraba… y algunos ceñudos que hinchaban el pecho echando la mano al interior de la chaqueta. Los vivas a la república no tardaron en sonar entre mis piedras, y fue entonces cuando pasó. Un par de estampidos en el aire que arrancaron algún grito suelto y la bandera, esa bandera orgullosa de la compañía, flaqueó y acabó en el suelo. Con ese comienzo, el final no podía ser bueno.

Después de los disparos de los republicanos todo se aceleró. A una voz del líder de la columna se llevaron al portaestandarte entre dos compañeros dejando un rastro de sangre que manchó mucho de mi suelo. Luego los militares se giraron hacia la terraza, la primera fila puso rodilla en el suelo y de una sola descarga dejaron a cuatro o cinco hombres agujereados en sus asientos. Fue tan rápido que no tuvieron tiempo de huir.

Cuando la columna volvió a su formación y echó a andar de nuevo me di cuenta de una cosa: no se oía ni un solo ruido entre mis soportales. Ni siquiera mis medallones se atrevían a moverse de lo impactados que estaban. No fue hasta que los últimos militares salieron por otro arco que las primeras cabezas empezaron a asomar por portones y tiendas, yendo con premura a socorrer a los tiroteados. Tristemente poco pudo hacerse por ellos.

Cuando mis campanas dieron la media, aproximadamente quince minutos después, volvía a estar sola. A lo lejos la Catedral me miraba preocupada y la Clerecía callaba con la vista en el suelo. En poco tiempo los uniformes militares nacionales y extranjeros se convertirían en habituales en la ciudad. Muchas embajadas se situarían cerca de mí, y el ulular de las alarmas antiaéreas me despertaría por las noches. La guerra acababa de empezar.

 

Foto de portada: ©Postal de Viuda de Calón e hijo

 

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