Todas las mañanas se despierta pronto, desayuna ligero y da un paseo de media hora por el parque de su barrio. Después regresa a casa, se ducha y se encierra en su estudio.
Es entonces cuando empieza el día.
En las paredes de su casa cuelgan los carteles de sus exposiciones. Los demás, la mayoría, están guardados en grandes carpetas que se amontonan en el trastero. Solo conserva a la vista los verdaderamente importantes: la retrospectiva de Budapest, su debut en París, el encargo del MET para hacer los decorados de La bohème.
Su estudio es pequeño, no necesita demasiado espacio: una ventana que deja entrar una luz limpia y ofrece vistas al parque, una mesa de altura regulable, una silla y algo de decoración. No hay caballete, ni óleos, ni pinceles. Solo un ordenador potente, una pantalla grande y una tablet colocada sobre un soporte de madera a setenta y tres grados sobre la horizontal.
Hace unos años, cuando todavía estudiaba en la facultad de Bellas Artes, algunos profesores y compañeros criticaban su manera de trabajar. Decían que aquello no era pintar. Ella respondía que crear era crear, daba igual hacerlo con lápiz, acuarelas o una tablet.
Luego llegaron los periodistas.
«Artista revelación lucha contra los formalismos del sector armada con un lápiz táctil».
El titular apareció en todas partes.
Después llegaron las exposiciones, las entrevistas y los premios. Su manera de trabajar, que tampoco tenía nada de revolucionaria, acabó convirtiéndose en su sello. Ella nunca entendió demasiado aquella polémica. Si Warhol o Dalí hubieran tenido una tablet, pensaba, también habrían pintado con ella.
Ahora, cuando se sienta en su estudio, intenta olvidarse de todo lo que ha hecho antes. Apaga el ordenador. No necesita correcciones ni capas ni herramientas. Solo ideas.
Enciende una barrita de incienso, cierra los ojos y espera. Entre todas las imágenes que aparecen detrás de sus párpados tendrá que elegir una. Una será la que el mundo conozca. Las demás desaparecerán, al menos por ahora.
Abre los ojos.
Enciende la tablet con una caricia y la ajusta sobre el soporte. Después coge el lápiz táctil. Lo observa durante un instante y sonríe. Todavía no puede creerse la suerte que tiene de vivir de aquello que más le gusta.
Entonces alza un sacapuntas imaginario y lo coloca en la punta de plástico del lápiz.
Lo gira dos veces, como hacía cuando estudiaba en la facultad.
Y empieza a dibujar.
Foto de portada: ©Pexels
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