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La antigua casa del portero

Me la encuentro casi todos los días al cerrar la puerta y bajar la escalera para ir al trabajo. Es una señora entrada en años —los setenta ya no los cumple— de impoluto aspecto, eso sí. No termino de sacar la llave de la cerradura y ya la oigo subir haciendo rechinar los escalones de madera del rellano, desde el piso de abajo hasta la antigua casa del portero, que se encuentra justo sobre la mía. Y siempre me hago la misma pregunta: ¿qué hace esta mujer a las siete menos cuarto de la mañana subiendo hasta el ático?

Madrugo mucho ya que vivo lejos del trabajo y la jornada empieza a las ocho. Mi rutina es sencilla: levantarme, estirar un poco, café, ducha y a la calle. Soy de costumbres fijas y simples, y me gusta vivir así. Nada me altera salvo la mujer del rellano. Algo en ella me transmite una sensación negativa, oscura, y al pasar junto a ella en la escalera noto un frío horrible que la rodea ya sea invierno o verano. Es algo que me pone la carne de gallina.

Cada mañana es revivir la misma película, con los ojos cerrados al abrir la puerta esperando, con suerte, no encontrármela. Suele ser a partir del segundo paso en el descansillo cuando salgo de dudas; cuando el quejido de la madera vieja del edificio la delata: con el sonido veo su sombra grisácea subir por el hueco de la escalera en lo que yo sigo mi camino. Me topo entonces con su rostro marchito de años, las arrugas entre las que se asoma una sonrisa, la nariz pequeña y los ojos metálicos. No huele a nada, sólo a ese frío perenne que puedo sentir ya a dos escalones de distancia.

— Buenos días —murmullo con una leve inclinación de cabeza.

— Buenos días —sisea ella. Con el mismo tono de siempre, con la misma media voz.

— Pase un buen día.

No cruzamos más palabras; en realidad no creo que pudiera decir nada más. El frío me paraliza las cuerdas vocales al llegar a su altura y me quedo sin voz. Al llegar abajo del todo noto una picazón en la nuca y miro hacia arriba: como todos los días el rostro arrugado de la mujer está mirándome desde lo alto, haciéndome sentir como el ratoncillo al ver venir al águila. Sus ojos son los mismos: duros y fríos sobre esa sonrisa rancia.

Todos los días salgo del portal jadeando, sin resuello, y con gotas de sudor dejándose caer lentamente entre los pelos de la nuca. Temblando sin darme cuenta. Y no tiemblo por la mirada de águila de la mujer, el brillo casi rojizo de sus ojos o ese frío horrible que se me clava en los huesos y que no me puedo quitar de encima. Tiemblo porque sé que, como me dijo un vecino al preguntarle por la vieja de la escalera, en la antigua casa del portero que está justo encima de la mía nunca ha vivido nadie.

 

Foto de portada: ©Pexels

 

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