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Joven

No es ni guapo ni feo. Es joven, y con eso ya tiene mucho ganado. Camina zarandeando los brazos sin demasiado tino, como haciéndose aún al tamaño de sus miembros crecidos en una breve estación hasta alcanzar la longitud de adulto. Sus ojos son marrones, brillantes y también jóvenes, denotando esa bisoñez propia de la adolescencia regada de un poder absoluto e infinitas posibilidades.

Mira con desdén a izquierda y derecha sintiéndose superior a todos esos adultos grises aplastados por el peso de sus propias vidas, de las obligaciones adquiridas con los años. Camina altivo, cada vez más consciente de sus capacidades entre gentes que no le comprenden y que nunca sentirán esa necesidad de resaltar. De amar hasta las últimas consecuencias como jamás nadie en la faz de la tierra ha amado. De sufrir, de ganar, de perder, de verse como un líder y al mismo tiempo como el último mono. De exprimir el jugo a la vida en una carcajada limpia y clara que dura todo un verano.

Cada vez tiene más claro quién es. Qué hace y cuál es su lugar en el mundo. Ese lugar que va a tomar al asalto y sin prisioneros, como los bárbaros de la antigüedad, los vikingos con sus cascos con cuernos o los españoles en el Nuevo Mundo. Cualquier ejemplo es bueno para enmascarar su ignorancia. El error no cabe en su hoja de ruta.

Un golpe en el hombro le hace trastabillar. Ha chocado con un joven que zarandea los brazos al caminar y que le mira con desprecio desde su mirada brillante de adolescencia. Una mirada retadora y fría, tanto como la suya, o como cree que es la suya cuando se mira en el escaparate cercano. Es entonces cuando se sorprende al ver su cara, en la que empieza a borrarse la juventud y el pelo encanece. Las dudas afloran, el rumbo se desdibuja en el mapa y el destino se muestra borroso y esquivo a la brújula moral. Las ideas, antes cinceladas en piedra, se derriten como cera ante la llama de la incertidumbre.

Las rodillas le duelen, las manos se le arrugan. La mirada ya no es tan limpia, enturbiada sin quererlo de memoria y responsabilidades. La espalda se ve encorvada bajo el peso de sus propias decisiones. El pulcro pasillo de su vida tiene pelusas en las esquinas y las puertas, que antes estaban abiertas, se van cerrando con llave prohibiéndole cosas en otro tiempo posibles.

Sólo entonces se da cuenta de todo el tiempo que ha pasado, de cómo se ha convertido sin saberlo en un adulto gris que de joven sólo tiene los recuerdos que resuenan en un recóndito rincón de la memoria. La vida sigue, sus sueños están cumplidos o marchitos, y todo lo que le queda es seguir braceando como un náufrago perdido en el océano hasta llegar, quizá, a la orilla.

 

Foto de portada: ©Lukas Bieri

 

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