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Johatsu

Nos llaman los johatsu, los evaporados, y digo nos llaman porque yo soy uno de ellos. O lo fui en otro tiempo.

Mi historia es la de muchos que no supieron enfrentarse a la realidad. Decenas de miles cada año, tristes despojos a los que la vida les pasó por encima y no pudieron recomponerse. Ya no me incluyo en este grupo porque, pese a haber caído ante la vergüenza y el deshonor, algo en mi interior me hizo dejar de ser un johatsu y regresar de nuevo a la vida. Por eso, porque sé cómo piensan y cómo se mueven, ahora me dedico a buscarlos.

Si hay algo que no se perdona en Japón es la deshonra, y como el seppuku es demasiado para muchas personas, desaparecer es una solución fácil y menos dolorosa. Al menos de inicio. Cuando uno abandona voluntariamente la sociedad sin dar explicaciones a nadie la pena que siente es enorme, pero hay cierto alivio escondido entre la vergüenza. Por lo menos así me sentí yo. Atrás quedaba eso que me había destrozado la vida, y preocuparme únicamente de mi subsistencia no me parecía tan horrible.

Con mi maleta y un billete sólo de ida me subí a un tren camino del único lugar capaz de esconder mi miseria: el barrio de San’ya. Allí malviví durante meses entre otros como yo, sin distinguir bien las ratas de las personas pues todos nos pegábamos por los mismos restos de comida infecta que tiraban desde las ventanas de los prostíbulos. Todos los días me levantaba enfermo de hambre, esperando que algún piadoso shinigami me mostrase el camino del fin.

No sé cuánto tiempo pasé perdido entre maleantes, drogas, violencia y desdicha. Sólo recuerdo verme en un puente con el viento empujando mi espalda para dar el último paso al ver que yo no me decidía a darlo. La cobardía era más fuerte que mis ganas de terminar con todo. Fue entonces cuando una simple idea cambió mi vida: si no era lo suficientemente valiente como para quitarme de en medio, debía serlo para enfrentarme a mis demonios y hacer algo con mi triste existencia. El orgullo que pensé que había perdido para siempre me hizo dar media vuelta y abandonar el infierno para regresar a la civilización.

Desde entonces me dedico a ayudar a las pocas familias que quieren saber dónde están sus johatsu. La discreción es fundamental, ya que está muy mal visto querer encontrar a estas personas que, por la razón que sea, decidieron desaparecer. Incluso el gobierno acepta esta situación, creando enormes huecos de personas cada año en los censos, como si jamás hubieran existido.

No sé si mi vida ha cambiado mucho desde que dejé de ser un johatsu: sigo viviendo entre ellos más tiempo que entre las personas normales, no he retomado el contacto con mi familia y los riesgos que corro a veces son enormes. Sin embargo ahora siento en mi interior algo que me hace querer seguir adelante. Como si alguien hubiese prendido una llama minúscula dentro de mi pecho para dar calor a mi alma.

 

Foto de portada: ©Pexels

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1 comentario en «Johatsu»

  1. Muy bonito.
    Mucha dureza de la vida cuando te desvías.
    Es un relato que te hace pensar en otras personas, que han decidido dejar de serlo.
    Nos ha gustado mucho.
    Un abrazo

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