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Invasión

Las quejas eran cada vez más grandes; las pérdidas, incalculables. Nadie estaba preparado para la invasión. El ejército rival tomaba posiciones de manera rapidísima, arrasando todo lo que encontraban sin contemplaciones. La situación se había vuelto insostenible, y por ello los afectados habían enviado una delegación para pedir ayuda al ministro de defensa.

— No sabemos qué hacer, siguen superando nuestras defensas día tras día. Desde la Gran Guerra no me enfrentaba a nada parecido —alzó la voz un veterano de las divisiones que lucharon en Europa hacía quince años.

En el salón había unas quince personas reunidas: diez de la comisión enviada para pedir una solución a la invasión, el ministro de defensa George Pearce y cuatro asesores. La crisis económica ya era suficientemente dura por sí sola como para encima tener que soportar un ataque tan agresivo al modo de vida de los agricultores australianos. La ayuda debía de ser inmediata no sólo por lo extremo de la situación, sino porque había sido el propio gobierno el que había animado a la población a adquirir mayores terrenos con unos subsidios que jamás recibieron. Era una emergencia nacional.

— ¿De cuántas fuerzas estamos hablando?
— Calculamos que son unos veinte mil.
— Y dicen que se mueven todos a la vez.
— Perfectamente coordinados. Como si de un ejército se tratase.
— ¿Han probado ya a hacerles frente?
— No tenemos medios. Su número y su velocidad los vuelven impredecibles. Sus tácticas son las propias de una guerrilla organizada.

George Pearce callaba mientras sus asesores seguían haciendo preguntas a la delegación. Su bigote parecía un cepillo moviéndose de lado a lado de su labio superior, limpiándoselo de toda duda conforme hablaban. El enemigo era poderoso, pero él podría doblegarlo.

— Señores, no necesito oír más —alzó una mano tras pasársela por la raya del pelo—. Es necesario intervenir, eso está claro, pero para vencer a este… digamos… peculiar rival necesitaremos arrimar el hombro entre todos.

El anuncio fue recibido con interés en el lado de la comisión.

— Pondremos al mayor Wynne-Aubrey Meredith a preparar un plan contra la invasión, caballeros —siguió el ministro—. Creo que una división de artillería armada con ametralladoras Lewis será suficiente.
— Fantástico.
— Lo único que pido a cambio es que la administración local se haga cargo de los gastos de transporte, y ustedes de los de manutención y alojamiento. Como ya he dicho, esta situación requiere que todos arrimemos el hombro.

Pearce amusgó los ojos estudiando cómo caía su propuesta al tiempo que se encendía un cigarrillo. Para la segunda calada las sonrisas habían vuelto al otro lado de la mesa: que el ejército tomase parte en la contienda era justo lo que aquellos hombres buscaban.

— Sea pues, vuelvan a sus casas, aguanten los ataques del… em… enemigo, y yo les prometo —el ministro se levantó de forma teatral— que esas criaturas del infierno desaparecerán de sus tierras en un santiamén.

La reunión terminó con licor y muchos apretones de manos. La única preocupación de los agricultores del oeste de Australia volvería a ser la plaga de conejillos silvestres, y no la invasión de los enormes emúes que, en su migración anual, estaban destrozando sus cultivos.

— Señores, un brindis —cerró la sesión el ministro—. ¡Por la guerra del emú!
— ¡Por la guerra del emú!

 

Foto de portada: ©WikiImages

 

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