Después de veinticinco años, es el momento de abandonar Roma.
Apenas tenía dieciocho años cuando se unió al ejército, y desde entonces no ha conocido otra vida que la militar.
La camaradería, el trabajo en equipo, la confianza en el compañero. Esas han sido sus máximas durante más de la mitad de su vida sirviendo en los límites de la civilización: desde operaciones en tierras extrañas en el oeste hasta la vigilancia de la frontera sur luchando contra los contrabandistas de África. Penurias y cicatrices basadas en la creencia de que su labor era vital para la subsistencia del resto de ciudadanos.
Pero ese tiempo ha pasado ya.
Tras su última campaña, demasiado larga y pesada para un veterano como él, ha decidido pedir su licencia para disfrutar lo que le queda de vida apartado del oficio de las armas. Por eso hoy se despide de sus compañeros, recoge su impedimenta, y abandona el campamento rumbo norte, hacia la Vía Flaminia, que le llevará al que será su hogar en el otoño de su vida.
Sabiendo que por una vez es dueño de su tiempo, se detiene de vez en cuando a contemplar la naturaleza y hablar con algún vendedor de frutas ambulante de los muchos que se paran a los lados del camino. Cuando ve mercaderes de vino o aceite les pregunta por las cosechas y los cuidados de la tierra, pues ese será su sustento cuando llegue a su destino.
Cambiar los peligros de la vida militar por la paz del campo. Qué más puede pedir un hombre.
Sin darse cuenta llega hasta el río Rubicón, donde de alguna forma todavía resuenan los pasos de Julio César al cruzarlo. Ha pasado mucho tiempo desde entonces, pero él sabe que pequeñas acciones como la de cruzar un río son las que marcan el destino de países enteros. Por eso sonríe al quitarse las sandalias y sumergir los pies en las mismas aguas que cambiaron la historia de Roma.
Tras hacer un alto para comer toma el desvío que lleva a la Vía Emilia. La cercanía de la meta le hace acelerar la marcha hasta su destino: Verona.
A poca distancia de la ciudad toma una desviación hacia el este, y en poco tiempo puede por fin entrar en sus dominios: olivos y vides hasta donde la vista alcanza y, en medio, una modesta casa de dos plantas con una cuadra al lado en la que guardar animales y herramientas.
El polvo del camino todavía no se ha asentado cuando abre la puerta de su Jeep y saca su equipaje del maletero. Está agotado por el largo viaje, pero no puede esperar a ver el interior. Revisa la instalación de las placas solares y pone en marcha la caldera. Ya habrá tiempo de ir a comprar al día siguiente.
Antes de acostarse recuerda las historias que le contaba su padre sobre los legionarios que regresaban a casa después de servir a Roma.
Sonríe al pensarlo.
Ni siquiera veinte siglos pueden cambiar lo que busca el corazón de un hombre.
Foto de portada: ©Pexels
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