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Héroes sin rostro

Había gentes respetables y gentes aborrecibles, y él era de los últimos. Ni su uniforme de gala ni sus brillantes medallas lograban borrar el gesto de asco en el rostro de todo aquel que le miraba. Él, que era veterano de la Gran Guerra. Por eso iba a verla, porque decían que con su arte podía poner fin a tan horrible situación. En una carpeta llevaba tres fotos, las únicas que tenía: la de su boda, la del día de su alistamiento y la del entierro de su padre. Las tres se habían hecho hacía menos de dos años, por lo que confiaba en que fueran suficientes.

Al llegar al estudio se encontró con otro hombre tan detestable como él. Por sus galones pudo ver que era capitán, de modo que se cuadró y llevó su mano a la frente. El saludo era importante. Sin embargo el capitán, que tenía el rostro cubierto por una gasa blanca, apenas le dedicó un gesto vago indicándole que podía sentarse. Parecía muy cansado.

Al lado de la silla donde se acomodó había una hilera de máscaras de yeso a cual más deforme: a la que no le faltaba la nariz, le faltaba la mandíbula, y la que no, tenía una profunda deformación desde el ojo hasta la oreja. Era espantoso verlas así, una junto a la otra, pero de alguna forma eso le reconfortó. En ese momento la manija chirrió dejando entrever a una mujer cuyo aspecto transmitía una amabilidad infinita. Era ella.

— Buenos días, mesié Briand —le saludó con una voz dulcísima—. Espere un momento, enseguida estoy con usted. Capitán Jouvet, pase por favor.

El capitán se levantó y sin quitarse la gasa entró al estudio. El cansancio de sus hombros parecía diluirse en el aire a cada paso que daba. Eso animó a Briand, que estaba harto del ostracismo social al que su condición de veterano de guerra le condenaba. Viendo las máscaras de yeso en fila se puso a compararlas con su rostro, en otro tiempo atractivo y jovial. Su esposa apenas se le acercaba desde su regreso del frente, casi muerto por el estallido de una granada a pocos metros de su posición. La sordera no era lo peor, aunque ese chillido constante en su oído izquierdo no era agradable. Era su nariz y su labio superior lo que le despertaba aterrorizado por las noches. O mas bien, la falta de ellos. Los tullidos normales, sin brazos o piernas, eran admirados por los vecinos y agasajados en reuniones sociales. No así los que, como él, habían sido privados de su rostro. Cientos de hombres abandonados por la sociedad por llevar en la cara los estragos de la guerra.

Briand recordaba cada mirada de asco y cada niño que había huido de él al verle. Las lágrimas de su madre al no reconocer en su maltratado semblante al hijo que envió a la guerra. Su propio llanto frente al espejo durante tantas y tantas noches en vela. Por eso estaba allí, en el estudio de Anna Coleman, la mujer de la que decían podía hacer que todo eso quedase atrás. Decían que sus máscaras obraban milagros. El corazón le palpitaba fuerte en el pecho, por lo que se sentó de nuevo intentando tranquilizarse.

La manija de la puerta sonó de nuevo para dar paso al capitán Jouvet, que doblaba la gasa blanca con meticulosidad para metérsela en el bolsillo. Llevaba unas gafitas redondas y lucía un generoso mostacho bajo una nariz perfectamente cincelada en medio de su rostro. Tenía los ojos hinchados, como si hubiera llorado, pero parecía haber sido un llanto de felicidad. Incluso su orgullo militar parecía haber vuelto a sus andares, más firmes que cuando entró al estudio. Merci, madame, se despidió haciendo una profunda reverencia, y después se marchó sin dirigir una sola mirada a Briand.

— Mesié Briand, pase al estudio —dijo la señora Coleman con una gran sonrisa cuando se quedaron solos—. Es hora de que le devolvamos su rostro al héroe.

 

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