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Hedor

Había un hedor que casi podía verse en el ambiente. Rodeaba a las gentes que caminaban, se impregnaba en la ropa y el pelo, y hacía que las teas ardientes que daban luz a los distintos puestos del mercado lanzasen llamas bajas y poco brillantes. Era el hedor de la vergüenza, de la euforia y el terror.

En realidad el hedor no venía de un lugar en particular. Era una mezcla de lo que sentían las distintas personas que llenaban el estrecho cañón de piedra, perdido en un lugar remoto y desconocido para evitar ser visto por ojos indeseados. Por una parte estaba la euforia de los vendedores, que aumentaba cuando se abrían las pujas. También había euforia en los compradores que, venidos de tierras muy lejanas, admiraban la mercancía con ojos curiosos y expertos en busca una ganga. Finalmente, la vergüenza y el terror: los de decenas de hombres y mujeres jóvenes que esperaban maniatados y desnudos a ser comprados a saber con qué oscuro propósito.

Cada vez que se abría una subasta la reacción era la misma: por una parte una multitud vestida con chilabas, ponchos, trajes, turbantes y sombreros se acercaba con ojos atentos a cada lote, al tiempo que las voces del vendedor anunciaban las características más reseñables de su mercancía. Después los empujones para acercar los cuerpos al borde del escenario, las lágrimas y las dudas. Luego, la puja: esa cifra que convertía a un ser humano en una simple bestia.

De pronto la multitud empezó a apartarse y las voces se convirtieron en simples susurros. Entre la gente se formó un pequeño pasillo por el que un hombre de unos sesenta años vestido con un elegante traje negro y un bastón en la mano se acercaba al escenario. Nadie podía verle la cara, pues un sombrero bien calado a las sienes le convertía el rostro en una mancha oscura a la que ni la luz de las teas se atrevía a llegar. Un pañuelo blanco protegía sus fosas nasales del hedor que se acumulaba dentro del cañón de piedra.

El esclavista hizo una gran reverencia cuando el recién llegado ascendió al escenario por la escalera lateral. Los cuchicheos a su alrededor crecían, pues era un viejo conocido en aquel submundo. Nadie sabía a qué se dedicaba, pero no faltaban teorías al respecto. Unos afirmaban que era el traficante de arte y drogas. Otros que vendía armas a nivel internacional. Los más audaces se atrevían incluso a culparle de varias revueltas ocurridas en distintos países del centro de África, asegurando que un simple comentario suyo podía acabar con cualquier régimen político. Lo único que era real en aquel hombre era su apetito por la compra de seres humanos, pues no había mes en el que no se dejase ver allí para renovar su colección.

Todo el mundo esperaba en silencio algún gesto del hombre del sombrero. En cuanto terminó de observar con calculada indiferencia a los quince despojos humanos que había a la venta levantó la cabeza lo justo para mostrar una poblada barba entrecana e hizo un leve asentimiento. La subasta había terminado.

El mismo pasillo que se había formado a su llegada se abrió de nuevo, esta vez con la muchedumbre renegando en voz baja al quedarse sin la posibilidad de pujar. Un par de hombretones subieron al escenario para meter la mercancía en sus cajas entre lloros y blasfemias.

Lo que no sabía ninguno de los presentes era que todo lo que se imaginaban del misterioso hombre del sombrero era cierto: traficaba con armas, arte y drogas, y había apoyado y hundido regímenes en todo el mundo. Sin embargo el esclavismo no estaba entre sus actividades. Él compraba personas para liberarlas y así aliviar su maltrecha conciencia.

Porque incluso los hombres más despreciables del mundo tienen sus límites.

 

Foto de portada: ©Pexels

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