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Gilipollas

— Hasta los cojones, así que no preguntes.
— Molesta, vamos —dice Marcos—, y digo molesta por usar un término suave.

La chica le fulmina con la mirada, se sienta, hace un gesto a Antonio y pide una caña. Llega tarde y está empapada; el horno no está para bollos. Marcos conoce de hace mucho a Laura y sabe de la particularidad de ella: a la mayoría de la gente le salen arruguitas alrededor de los ojos cuando sonríen y se escachurran de risa. No a ella. A ella le salen cuando está que echa chispas, y ahora tiene una colección estupenda circunnavegándole la vista.

— A ver, echa un trago y cuéntame.

Laura se bebe media cerveza y posa la copa —Antonio siempre les pone la cerveza en copa, nada de vaso cutre— en la mesa de mármol como si quisiera hacerla añicos.

— Un gilipollas. Maleducado se queda corto, es que es de ser imbécil, retrasado, analfabeto emocional, inconsciente y, en definitiva, gilipollas. Hay que ser muy desgraciado para poner la puta música a todo trapo en el metro, sin cascos ni nada, como si al resto nos importase el vídeo de tiktok que está viendo.

Marcos entiende rápidamente, pues la conversación no es nueva.

— Y no te creas que el muy soplagaitas va y corta el asunto cuando acaba el vídeo, no, que se pone a ver otro y luego otro. Si es que nos vamos al carajo.
— Tú lo has dicho.
— Y pensar que en este momento se están disparando balas que no dan a nadie, que decía aquel.
— Gran filósofo —asiente Marcos entendiendo la referencia.
— Espera, que todavía hay más.

El chico arquea las cejas al ver que la cosa sigue. Que su labor es de lavativa emocional para su amiga y que lo suyo va a tener que esperar.

— Luego miras y el resto de la gente está apardalada con sus respectivos móviles, sin levantar la cabeza ni aunque les pisen el pie. Y de ceder el sitio ni te cuento, que un pobre hombrito estaba que no se tenía y porque me ha dado por levantarme, que si no se escamocha contra el suelo.
— Gilipollas y maleducados.
— Todos. Me voy a ir a una aldea, a recluirme y a pasar de todo el mundo.
— No es mal plan.
— Es que manda cojones —vuelve a beber—. Si esto es la vida civilizada que venga Dios y la vea. Panda borregos.

Fuera la lluvia arrecia como intentando limpiar la mugre social de la que tanto se queja Laura. La cerveza ha caído fulminada ante su ira y Antonio, profesional, ya llega con repuesto.

— Meteorito ya, coño —dice cuando se aleja el mesero, y bebe otra vez.
— Ni tú ni yo tenemos culpa, y Antonio menos —tercia Marcos—, así que no jodamos. Deja el meteorito en paz.
— Pero me entiendes.
— Perfectamente.
— Pues eso.
— Pues eso.

Se dan tiempo el uno al otro para tranquilizar los ánimos y se miran como si hiciese mucho que no se veían, que por otra parte es la verdad. Las arruguitas alrededor de los ojos van desapareciendo conforme el enfado se disipa entre lúpulo y camaradería. Sin prisa pero sin pausa.

— ¿Mejor?
— Mejor.

Entonces Marcos alza su copa para brindar por ellos, como tantas otras veces, y prosiguen la conversación en espera de tiempos mejores.

 

Foto de portada: ©Free Photos

 

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