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Feliz Navidad

El chirrido metálico de la sirena anticipa la llegada del camión de bomberos, que con las luces anaranjadas girando en sus carcasas de plástico rivaliza con las farolas por ver quién ilumina más la noche. Apenas hay tráfico por las calles, nadie que moleste a ese grupo de hombres y mujeres que van a toda velocidad a responder la llamada de socorro. Un accidente de tráfico esta vez, con el conductor atrapado en su coche tras estamparse contra un muro al caer por un terraplén.

Cuando ya faltan pocas calles para llegar a su destino –el conductor es veterano, con experiencia y recursos para llevar las más de diez toneladas de peso del camión a toda velocidad sin ser un peligro rodante–, un coche de la policía se coloca a su par escoltándoles. Un poco más adelante se aprecian las huellas de neumáticos y la barandilla arrancada, y lo que queda del vehículo accidentado convertido en un montón de hierros iluminados por las linternas de la patrulla que ha llegado antes que ellos. En cuanto el camión se detiene el equipo de bomberos se pone a trabajar con impecable precisión.

A diez metros del lugar del accidente una policía toma declaración a dos chicas, ya que son ellas las que han llamado a emergencias. Iban de fiesta y vieron al coche salirse del carril. Les dio la impresión de que iba muy rápido.

     – Son las fechas –sisea la mujer cuando vuelve–. Cena con la familia, un buen vino… luego cogemos el coche y…

Los bomberos ya han empezado su trabajo iluminados por dos grandes focos. No parece haber fuga de combustible, por lo que se acercan con la cizalla hidráulica en la mano dispuestos a sacar al conductor del habitáculo. El accidentado está inconsciente y el temor a haber llegado tarde les lleva a actuar todo lo rápido que sus herramientas les permiten. La chapa va cediendo como si fuera papel ante la presión de las mandíbulas metálicas, cortando y retirando trozos de coche sin esfuerzo. Justo cuando han abierto camino se oye la sirena de la ambulancia, que al llegar frena en seco junto al camión de bomberos. Rápidamente bajan la médico, el técnico y un joven enfermero que mira todo con cara de susto. Tras presentarse se hacen con los mandos de la situación, sacando con cuidado al herido –cabeza siempre sujeta, collarín e inmovilización en la camilla– y se disponen a estabilizarlo. Respira, pero tiene la cara muy hinchada y varios huesos rotos. Además ha debido de perder mucha sangre en vista del enorme charco rojizo que hay en el suelo y el reguero que ha dejado al extraerle del habitáculo.

Durante varios minutos los sanitarios trabajan hablando una jerga desconocida para el resto de presentes, que les miran angustiados. No parece que el accidentado tenga muchas posibilidades de salir adelante. Yo tenía que estar en mi casa con mis hijos, se oye decir a alguien con más tedio que enfado en la voz. Esto no está pagado.

Cuando la médico estima oportuno cierra las puertas de la ambulancia, intercambia dos o tres palabras de despedida con los bomberos y policías, y la noche vuelve a rasgarse con el quejido de la sirena entre las calles. Luces de mil colores se reflejan en las ventanillas del vehículo engalanándolo fugazmente mientras en su interior la vida de una persona pende de un hilo. Nadie habla salvo la médico, que informa por teléfono al hospital de la situación del paciente. Por su parte el enfermero joven no puede evitar mirar la cara del hombre que están intentando salvar; el rostro amorfo y deforme de una persona que hasta hace pocos minutos conducía tranquila, seguramente camino de su casa después de una cena en familia. Quizá el exceso de vino, o un breve vistazo al móvil, o simplemente la mala suerte habían hecho acto de presencia, y lo que iba a ser un pequeño paseo se había convertido en una marcha hacia el cadalso.

El único impasible en la ambulancia es el conductor, que sabe que tiene en sus manos la vida de una persona. Su trabajo es sencillo: si no llega a tiempo al hospital, alguien muere. En esta ocasión el trayecto es corto, y cuando enfila la rampa de acceso para emergencias guiña el ojo a sus compañeros. Una pequeña complicidad ante el trabajo bien hecho. La médico le responde con una palmadita en el brazo y se baja del vehículo para informar al adjunto de guardia del estado del paciente. Es entonces cuando los nervios hacen mella, y el conductor se baja de la ambulancia resoplando con ganas de vomitar. Por las ventanas del edificio ve un árbol adornado y un belén, y entonces se acuerda de sus padres y el resto de su familia, que habrán terminado de cenar hace tres horas como mucho. Su reloj marca las dos y diez de la madrugada.

     – ¿Noche difícil?

A su izquierda un médico entrado en años fuma con aire desenfadado y le ofrece una cajetilla de cigarrillos abierta. Soltando un bufido el conductor se acerca y toma un pitillo, saboreando la primera calada mientras el otro le da fuego.

     – Una noche más –dice dejando ir el humo entre sus palabras.

La ciudad y sus luces de colores les miran fumar tranquilos compartiendo un silencio íntimo entre extraños, de esos que rara vez se dan. Luego el médico tira la colilla y da un par de pasos hacia la puerta del hospital.

     – Ah, y feliz Navidad.

El comentario pilla por sorpresa al conductor de la ambulancia, que se vuelve con la ceja enarcada.

     – Eso… –responde por fin, sonriendo de medio lado–. Feliz Navidad.

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