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Feliz Año Nuevo

Feliz Año Nuevo, gritan en la televisión. La Puerta del Sol está repleta de gente cantando y bailando y riendo, y a buen seguro los dueños de los gimnasios se frotan las manos al pensar en la de incautos que van a pagar trimestres enteros para sólo ir unos días a hacer como que se van a poner en forma.

Los petardos empiezan a resonar por toda la ciudad y los cotillones probablemente ultimen los detalles para la avalancha de gente que saldrá con ganas de hacer que las primeras horas del año sean inolvidables. La mayoría de esos planes épicos se quedarán en agua de borrajas sepultados por expectativas demasiado altas, bares llenos y alcohol malo, pero el ser humano es así. De costumbres. De tontas costumbres.

Como contrapartida al carrusel de propósitos, uvas peladas y champán estamos los que pasamos la noche solos en nuestra casa, desprovistos de familia a la que abrazar o amigos con los que brindar. Normal que en navidades suban los suicidios, cuando todo te dice que tienes que ser feliz y pareces un apestado si no lo eres.

Yo, sentado en el salón junto a una copa de champán a medias y el pocillo de las uvas con agüilla en el fondo, procuro no dejar que me afecte. Este nuevo año va a traer buenas cosas, estoy seguro, sobre todo porque seré yo el que haga que ocurran. He perdido mi trabajo y no tengo ninguna ayuda, de modo que más bajo no se puede caer. Es mi oportunidad de darle la vuelta a la situación. Sé que puedo hacerlo.

Apago la televisión y dedico un momento a escuchar. Dentro del edificio no se oye nada, sólo los ecos de las explosiones que llenan el cielo de humo. Respiro hondo y apuro la copa de champán. Feliz Año Nuevo, me digo, e intento apartar de mi interior esa horrible sensación de soledad que a veces se nos mete dentro anulándonos. Esta noche no puede ser. Tengo que trabajar.

Me asomo a la ventana y las aceras son un desierto. La noche retumba con fuegos artificiales y petardos. En mi calle no hay una sola ventana iluminada; todas tienen las persianas bajadas, tanto que ni una mota de luz ni un triste ¡Feliz Año Nuevo! se escapa al exterior. Miro a la izquierda y al piso de abajo, y reafirmo lo que ya sé: estoy completamente solo en mi edificio. Todos mis vecinos se han ido a cenar fuera. Es el momento de actuar.

Regreso al interior del salón y reviso las dos bolsas de deporte negras. También el martillo y las ganzúas. Empezaré por la casa de doña Gertrudis, la simpática viuda que ha ido a pasar las fiestas con su familia de Valencia. Así no habrá peligro de que vuelva antes de tiempo.

Me miro al espejo antes de salir y me guiño un ojo. Después me cubro la cara con el pasamontañas y recuerdo que es mi oportunidad de hacer que mi suerte cambie. Todo depende de mí.

 

Foto de portada: ©Pexels

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