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Estreno

— ¿Qué ha sido eso? ¿Un saxofón?

— No, maestro. Un fagot.

— Vámonos.

Muchos repararon en los aspavientos del anciano Saint-Saëns mientras abandonaba el teatro de los Campos Elíseos. En apenas un minuto el público ya estaba dividido en dos bandos: por un lado el pequeño reducto de melómanos e intelectuales defendiendo que aquello era arte, y por otro una abrumadora mayoría que insultaba, se quejaba o señalaba con el dedo sin ningún orden. Nadie entendía lo que estaba ocurriendo.

Desde los palcos se veía al Maestro Monteux gesticular vehementemente para guiar a la orquesta. Los músicos se miraban de reojo intentando seguir la complejísima partitura, aliviados en parte al verse protegidos en el foso de la orquesta. La peor parte se la estaba llevando el cuerpo de baile, mucho más expuesto a la furia del gentío. Nijinsky, que había diseñado una erótica coreografía para el estreno, se movía entre cajas dando indicaciones sin éxito. Pronto su duro carácter ruso afloró encarándose con algunos alborotadores de la primera fila, teniendo que ser frenado por un ayudante de la compañía para evitar que se lanzase sobre ellos.

De pronto las luces de la sala se apagaron durante unos segundos, encendiéndose de nuevo otra vez. Parpadearon varias veces, una tras otra, enfureciendo al ya exaltado público que veía su objetivo cumplido. Fue peor el remedio que la enfermedad. Algún defensor de la obra la había tomado a golpes con un pequeño grupo de ancianos, siendo rápidamente repelido a bastonazos y patadas. El caos se había completado.

Diaghilev no sabía qué más podía hacer para salvar su espectáculo, otro de sus famosos y siempre exuberantes ballets. Tenía fama de buscar el límite del público habiéndose ganado el sobrenombre de “el provocador” —cosa que a él le encantaba—, sin embargo esta vez no había calculado bien el alcance de su atrevimiento. Había apretado la clavija un poco más de lo habitual con idea de espantar a unos pocos burgueses y que la prensa ayudase a generar la controversia justa para llenar las siguientes funciones, pero la jugada le había salido mal: Decenas de personas rodeaban la taquilla exigiendo al trabajador del teatro que les devolviera su dinero bajo amenaza de reventar la luna de cristal que le mantenía a salvo.

Tras un último encendido y apagado de luces, Diaghilev apartó a Nijinsky del escenario, hizo un gesto al foso y dio por terminada la representación. Todo el mundo vio las caras de decepción en los rostros de los bailarines cuando bajó el telón, mutados en una mezcla de desazón y vergüenza que hundió aún más el ánimo del productor. Cien ensayos para al final acabar así; el sueño convertido en pesadilla.

Lo que nadie vio fue a un hombrecillo menudo, extremadamente delgado y vestido con un frac impoluto salir del teatro con gruesos mocos cayendo sobre su bigotito pulidamente perfilado y la cara enrojecida por el llanto. Igor Stravinsky veía su carrera desmoronarse después del fallido estreno de la que, con el tiempo, sería su obra más famosa: La consagración de la primavera.

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