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Estos tres

Camino como cualquier otro día, pero noto vibraciones extrañas en el aire. Provienen de mi alrededor, de las estanterías y los techos; incluso, quizá, de dentro de mí. Algo primario se ha despertado, haciendo que me cueste dar cada paso lejos de la salida. Mi instinto me advierte del peligro que corro mientras se me eriza el pelo de la nuca. No hago caso y sigo adelante. Imperturbable. Sin miedo. En busca de la aventura.

Al doblar una esquina las luces parpadean y reducen súbitamente su resplandor. Camino por donde mis pies han pisado otras veces, pero hace rato que las baldosas del suelo chapotean de fango y tropiezo con raíces de arbustos que me arañan los tobillos. El aroma del bosque embriaga todo. Me apoyo en el tronco de un árbol y al asomarme veo una troupe de artistas canturreando al amor de la lumbre; los carromatos abrigan la fogata y un niño con el pelo rojísimo corre con cascabeles atados a las muñecas. Sonrío y sigo adelante entre sombras por la única senda que parece transitable.

Desde alguna parte me llega un rumor de pasos y allí, en una fría loma, nueve figuras corren recortadas bajo las estrellas. Al poco veo que les siguen varios jinetes con aspecto peligroso, lo que me invita a dar media vuelta. Por mucha aventura que está buscando hombre precavido sigue valiendo por dos.

No sé cómo pero tras unos matorrales encuentro una madriguera de conejo gigante, y siguiéndola llego a una playa completamente desierta. Me descalzo y camino bajo el sol hasta la orilla para sentir el agua acariciando mis pies al tiempo que el océano arrulla mis oídos. Entrecierro los ojos y respiro hondo, aunque la tranquilidad dura poco: el bramido de unos cañones me muestra la brutal cacería a la que varias fragatas corsarias someten a un orgulloso galeón. De pronto un empujón me hace sentir los granos de arena en la boca, y a mi izquierda aparecen dos oficiales franceses batiéndose en duelo. Ruedo sobre el mar, que empapa mis ropas, y al intentar levantarme me hundo sin remedio hasta caer en un lugar oscuro dividido en nueve círculos. Mi instinto se despierta de nuevo al oír grandes lamentos. Huye, me grita.

Cruzo una sala que me hace tiritar, donde veo cadáveres a los que les faltan miembros y un cuervo negro cuyos graznidos parecen palabras. La siguiente habitación es gigantesca, con escobas en una esquina y decenas de llaves aladas volando allá en las alturas. Sigo mi camino y me topo con un pasillo de piedra plagado de brillantes armaduras situadas cada pocos metros. Las paredes están repletas de cuadros antiguos, uno de los cuales está tapado por un lienzo negro.

Cuando creo que ya lo he visto todo me asomo a la que parece la última estancia y me extraña verla totalmente abarrotada. Es una cafetería muy elegante, ecléctica en su decoración mezcla modernista, mezcla siglo XXI. Pero no son los muebles, los recargados espejos o la enorme barra de bar, tan larga que se pierde en la distancia, lo que me maravilla. Son los clientes que se mueven entre las mesas, pues reconozco vagamente a todos y cada uno de ellos. Está el hombre sin brazo y larga barba hablando con un caballero de pelo cano, pipa y sonrisa bonachona. Los cuatro hermanos, tres mujeres y un varón, que ríen las galanterías de un anciano cura con aires de ligón. Un hombrecillo zambo con la cruz de Santiago bordada en el jubón observando con odio a otro de gran nariz que le devuelve la mirada con peor cara si cabe. Curas, monjas, soldados, marineros, todos ellos compartiendo humo de cigarros, tés, cafés y copas en una fiesta que no parece tener fin.

En ese momento el caballero de la sonrisa bonachona y la pipa se me acerca, pone un libro rojo en mis manos todavía manchadas de arena, y me invita a una copa. Luego una mujer delgada y con cara de pena hace lo mismo, y por último un borracho malcarado se tambalea hacia mi y me entrega un tercer volumen. Todo sin una sola palabra, sólo con la sencillez propia de las personas únicas. Me quedo en una esquina abrumado, preguntándome qué hago yo en una fiesta en la que ni por categoría ni condición debería de estar. En ese momento, desde el fondo, un hidalgo viejo y desdentado me guiña el ojo; me ruborizo y muerto de vergüenza salgo de la habitación.

— ¿Esos tres?

La bibliotecaria me mira sonriente desde el otro lado del mostrador después de haber observado mi deambular entre las estanterías a la caza de nueva lectura.

— Sí —resoplo agotado—. Estos tres.

 

Foto de portada: ©Kellepics

 

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