Salvarles. Desde que su voz dejó mis oídos sólo pienso en una cosa: salvarles. Es mi promesa y mi compromiso. Y Dios me dará la fuerza para hacerlo.
— A este paso no llegaremos nunca.
El súcubo me mira y se ríe. Siempre se ríe. Y yo siento que cada paso va a quebrarme las piernas, y que la pendiente es cada vez más empinada. El camino es demasiado difícil, el esfuerzo cada vez mayor. El peso de todas las almas atormentadas lleva goteando sobre mi espalda desde que puse un pie en esta tierra infecta, derramándose como un mar de fuego y pena por mi nuca. La carga es demasiado pesada. Necesito parar. Necesito…
Abro los ojos; sólo veo gris. Parpadeo y gris de nuevo. Por fin mis pupilas enfocan y desentraño la maraña gris de nubes azufrosas que aquí abajo hace de cielo. Y en medio está él, con su piel suave y caliente y sus rasgos perfectos. Pero ya no se ríe. Hay preocupación en su mirada. Preocupación por mí.
En ese momento me duele el hombro y la espalda, y al mover el cuello veo las paredes de piedra que marcan el camino naciendo a mi altura. No se cuándo me he caído; ahora mismo no me importa.
— Toma, bebe.
El súcubo me ofrece un pequeño cuenco de madera negra. A saber de dónde lo habrá sacado.
— ¿Qué es?
Mi voz suena como un granznido.
— Agua.
La boca me sabe a hierro y a polvo. No puedo elegir, tengo que fiarme de él. Pienso en rezar, pero la oración se me atasca en la garganta, como si incluso las palabras hubieran huido de mí. Alzo la mano y me incorporo con su ayuda. Su piel toca la mía, fría e imposiblemente caliente a la vez. Me aparto, o lo intento, pero apenas consigo un gesto. Él me sujeta la cabeza con delicadeza, y por un instante parece cualquier mujer y no la tentación vestida de sombra.
— ¿De dónde ha salido? —recelo de nuevo.
— De la laguna.
— ¿Qué…?
La pregunta muere en mis labios. Estoy en el Tártaro, por lo que esa agua que huele a podredumbre sólo puede venir de una laguna: la Estigia.
— ¿Este tiene que pasar?
Una desagradable voz suena a mi espalda. Al girarme sólo alcanzo a vislumbrar una figura alta y delgada que estoy seguro de poder a nombrar.
— No, Caronte. Este es mío.
La figura gruñe y se aparta mientras el súcubo acerca el cuenco a mis labios y bebo por primera vez en lo que parece toda una vida. Bebo agua del infierno. De manos de un demonio. Pero mis ojos recuperan su humedad, mis brazos se sienten menos agarrotados y el peso sobre mis espaldas disminuye con cada sorbo. Que Dios me perdone si esto es pecado… pero ahora es lo que necesito.
— ¿Ves exorcista? —oigo su voz sibilina por encima de mis párpados—. No siempre soy tu enemiga.
Entonces noto su caricia sobre mi rostro. Un roce suave y dulce que no puede enmascarar la lascivia que emana todo su ser. Intento apartarme pero pese a haber bebido algo mi cuerpo sigue siendo incapaz de moverse: él me obliga suavemente. Sus dedos son firmes y tiernos a la vez. Demasiado.
Los botones de mi camisa están abiertos y su mano se pierde por mi pecho sin que pueda hacer nada por defenderme. Entreabro los ojos y me devuelve la mirada con esos iris de miel incapaces de responder ante la Creación. Su sonrisa se acerca peligrosamente a mi boca mientras una mano baja por mi vientre despertando en mí un calor que hace mucho renuncié a sentir. Puedo ver el nacimiento de sus pechos asomando por el cierre de su túnica como una invitación a olvidar mis votos.
Su boca está a un suspiro de la mía. Aparto la vista hacia la nada oscura del desfiladero. Su mano acaricia el interior de mi muslo.
— No eres mi salvación —gimo cuando todo parece perdido.
— Ni tu condena —susurra él—. Y podría ser más si aceptases que no sólo eres un alma encarnada en un cuerpo.
Su mano se detiene y el calor de su presencia abandona mi lado. He conseguido superar la prueba. El cuenco ha desaparecido de sus manos como si nunca hubiera existido, y la Estigia y el Barquero parecen un recuerdo lejano más que una realidad.
Cuando me levanto me ofrece una mano para apoyarme, pero la rechazo. Sus ojos brillan como carbones en la penumbra.
— Sigamos —ordena.
Camino tambaleante con la excitación abandonando mi ser con cada latido. Él va delante, con sus caderas marcando un compás imposible que acabará causando mi perdición aunque me lleve al mismo corazón del Tártaro.
Miro atrás. Siento que dejo algo en el suelo, algo invisible. Una memoria. Una promesa. Un trozo de mi fe.
Pero sigo andando. Porque ante el Mal no hay alternativa: avanzar o morir.
Foto de portada: ©Pexels
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Joer! … Se me ponen los pelos de punta.
Me acojona el relato de hoy.
Un abrazo