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Eran héroes

Ambos fumaban haciendo gala de una entereza encomiable, aceptando su suerte mientras esperaban su turno frente al pelotón de fusilamiento. El ejército francés había recibido órdenes de Murat esa misma tarde, y las cumplía con placentera saña después de la escabechina que los españoles les habían hecho el día anterior.

Art. 2. Serán arcabuceados todos cuantos durante la rebelión han sido presos con armas.
Art. 3. Todos los moradores de la corte, que anden con armas, o las conserven en su casa sin licencia especial, serán arcabuceados.

Los dos hombres seguían hablando en voz baja. Eran los únicos que charlaban, cigarrillo en mano envueltos en el frescor del relente. En ese momento una fuerte descarga restalló al otro lado de la tapia, quedando el aire lleno de humo y quejidos de los supervivientes que se desangraban entre cadáveres. En unos minutos sería su turno.

— ¿Dónde te pillaron?
— Junto al Monteleón, haciendo cosquillas a un gabacho con mi faca. Me ensañé y no vi venir a dos hijos de puta que me dejaron seco en el sitio. Al despertar estaba en el calabozo, y de allí hasta aquí.

A la luz de varias teas, el hombre mostraba la cara deformada por los golpes, pero aun así mantenía un rictus indiferente, casi orgulloso.

— Buena historia es esa —asintió el otro tras una larga calada—. A mí me cogió una patrulla al lado de mi casa al verme la manola al cinto. Ni sabía lo de la ordenanza, me lo dijeron en prisión.
— Al menos has matado algún francés.
— ¡Y de qué manera! —se carcajeó—. Quince si no llevo mal la cuenta, y no es por farandulear.
— Si tienes ocasión de contar la historia otra vez échale morro y di que fueron treinta.

Ninguno de los dos dijo más. A su alrededor había desde chicos jóvenes que apenas llegarían a los dieciséis años hasta ancianos encorvados y asustadizos. Todos hombres que, como ellos, degustaban con la boca seca sus últimos instantes. Las caras eran largas, con ojos llorosos y heridas abiertas en cabezas y cuerpos, algunas todavía sangrando. Los que peor facha presentaban se apoyaban en otros más robustos, compartiendo confidencias entre susurros ante las miradas de odio de sus guardianes.

— No me mires así, mesié —dijo uno de los españoles a un carabinero francés cuando se arrimó a prender un cigarro en una llama cercana—. Que tú habrías hecho lo mismo.

Una voz desde el otro lado de la tapia hizo que los soldados comenzaran a avanzar hacia ellos soltando culatazos a los perezosos. El suelo chapoteaba de sangre reciente, y olía a vómitos, orín y heces. Por encima de las amenazas de los franceses se oían, lejos, las descargas de otros fusilamientos que se estaban llevando a cabo en la ciudad.

El pelotón miraba a sus víctimas como el lobo al cabritillo. Poco a poco las lastimosas sombras de los madrileños se alinearon unas con otras frente a una tapia llena desconchones y de agujeros de bala. Un poco más allá varios hombres apilaban muertos sobre un carro para llevarlos a enterrar.

— Hasta aquí hemos llegao, compadres —susurró un gitanillo con tintineantes aretes en la oreja—. Un placer.

El oficial al mando se cubría la nariz con un pañuelo; el hedor a muerte era insoportable incluso para él. Los ojos del pelotón centelleaban de rabia ante la valentía de sus cautivos, que no parecían dispuestos a suplicar por su vida. Aquel grupo estaba decidido a morir henchido de vanidosa entereza, probablemente aleccionado por los chillidos lastimeros de los que les habían precedido.

A una orden se formó la fila y las armas chasquearon amenazadoras al fijar el blanco. Un grito anticipó la llamarada de los arcabuces, que tronó doblando las rodillas del grupo.
Ya no eran prisioneros, eran héroes.

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