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Entre la niebla

Al otro lado del cristal, que lleva el frío de fuera a mi rostro al acercarme, veo una capa grisácea que me roba el placer de disfrutar del paisaje. La gruesa niebla esconde tierras que ya conozco, pues he viajado muchas veces por esta vía, casi tantas que podría decir en qué punto del camino el tren traqueteará más, se zarandeará peligrosamente y la maleta que está algo suelta en el compartimento del fondo se caerá al suelo. Pero no voy a hacerlo porque voy a seguir con la cabeza junto a la ventana, mirando a través de la niebla a la espera de que, de alguna manera, se dé cuenta de que me está cubriendo la vista y, amablemente, se aparte.

Ya hemos pasado la montaña, por lo que poco a poco el verde dará paso al marrón y al pajizo, las rocas a la tierra y los matojos a la encina y el campo yermo surcado de arrugas que esperan el momento de exudar la cosecha. Las casas de piedra también van dando paso al adobe y las ondulaciones a la llanura. Sé que ahí fuera, entre las nubes bajas, hay campanarios y carreteras, y tractores y aldeanos y perros.

Aparto la mirada del exterior y me centro en el vagón de tren. Por la hora deberíamos estar ya en la siguiente estación, pero como siempre vamos con retraso. No es novedad. Veo a la gente, la pareja dormida, el chaval con los cascos enormes escuchando música a un volumen tal que podría decirle qué canción es a tres filas de distancia; los amigos que se han encontrado por casualidad y mantienen una conversación animada entre cuchicheos o el señorón que lee el periódico mirando el reloj cada poco tiempo. Personas unidas a mi camino en lo que dura el viaje, cada una de ellas con sus vidas y sus problemas que no reflejan en los rostros. Qué aburrida mundanidad.

Vuelvo al exterior, en el que a través de los jirones grises, menos densos conforme nos alejamos de las montañas, aprecio cortes en el terreno y pienso en las historias que podrían contar esos árboles y rocas si hablaran. Las confidencias de amantes o crueles órdenes de guerrilleros de otro tiempo que narrarían. Y mi imaginación despierta contagiada por el olor de la aventura que trae el frío del otro lado del cristal. Entre la niebla veo personajes y tramas, historias de amores y odios que me veo obligado a contar. La mente despierta y se escapa de la realidad del vagón de tren lanzándose a un mundo onírico por descubrir que sólo está en mi cabeza. La mano garabatea ideas sobre el papel, el teclado resuena sobre la música ratonera de los cascos del chico a tres filas; la felicidad me embarga sin saber de dónde viene ni cuánto tardará en desaparecer. Esa es la parte más bonita de la creación: el principio. Cuando no hay normas ni límites, únicamente posibilidades que explorar y oportunidades en cada vuelta de tuerca. Tiempo habrá de que la narración imponga su cruenta lógica y se lleve por delante las ilusiones artísticas, convirtiendo el trabajo en un gris taller lleno de palabras, figuras retóricas y libros.

¿Talento? Importante pero tanto como otros ingredientes. A él han de pegarse palabras más feas como sacrificio o esfuerzo, aquellas que convierten la creación en un trabajo. Será entonces cuando, al imponerse la realidad, haya que regresar al vagón de tren, donde huyendo del hastío de mi vida, regrese allí donde empezó la historia; donde el verde da paso al marrón, las rocas a la tierra y los matojos a la encina; donde las posibilidades de verlo todo o no ver nada conviven entre la niebla.

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