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Enigma

Había vuelto a soñar con ella. Era la suya una historia de amor extraña, de desesperación, necesidad y retos; de prisa y apuro. Jamás la había visto pero soñaba con ella. Nunca la había tocado y aun así no podía apartarla de su mente. Obsesionado, había dedicado los últimos meses de su vida a conocerla, a desentrañar su imposible funcionamiento desde que se la presentaron allá en España, cuando formaba parte de los servicios de inteligencia de la República. El arma secreta del enemigo: Enigma. Hasta el nombre era poderosamente atractivo.

— Buenos días. Espero que hayáis descansado bien.

Era importante mantener la moral del grupo alta, y para ello nada mejor que utilizar las fórmulas de cortesía habituales. Recordar a los seis hombres que tenía delante que pese a las penurias, al hambre en el campo de concentración y al accidentado viaje desde Francia seguían siendo personas.

Sus pulmones se llenaban de una mezcla de humo de tabaco, salitre y especias del zoco cercano haciéndole toser. Nadie diría que allí, junto a la mundana agitación de las callejuelas de Argel, un grupo de españoles exiliados trabajaba para acabar con el fascismo. Antonio estaba nervioso y no quería que se le notase. Las muchas noches pensando en esa maldita máquina le habían dibujado unas tremendas ojeras que rodeaban sus ojos, las mismas que tenían los hombres que estaban bajo su mando, todos delgados y con las yemas de los dedos amarillentas de nicotina. En España habrían sido dos comisarios políticos y cinco oficiales; en África tan sólo unos proscritos. Siete expatriados obsesionados con ella, la causante de tanta muerte y sufrimiento, la incógnita que ingleses, americanos, franceses y polacos seguían luchando por descifrar. Enigma.

Su alojamiento era un cuchitril comparado con la anterior sede del PC Bruno en el castillo de Vignolles, pero ninguno iba a gastar energías en verbalizar lo obvio. Mantenían la mente ocupada en su misión, centrados en encontrar la manera de romper el código que dirigía con inhumana precisión la brutalidad nazi.

— Ya conocéis la situación: Francia ha caído y a nosotros nos ha ido de un pelo —siguió Antonio con la boca seca—. El destino nos ha dado un respiro, así que aprovechémoslo. Falta nos va a hacer.

Nada de arengas, nada de vivas de salvapatrias. Eso era para soldados de primera fila y políticos de retaguardia. La suya era una labor intelectual, dura, compleja y hasta ahora imposible. Y de ella dependía la vida de mucha gente. Seis pares de ojos asentían ante las palabras de Antonio, su líder y el hombre al que debían su libertad. Era un tipo brillante, tertuliano de Cajal según se enorgullecía de contar, y el mejor criptógrafo que habían conocido. Solamente bajo su guía conseguirían derrotar a la máquina.

Antonio Camazón, el español enamorado del enigma. Así se había referido a él Gustave Bertrand en las oficinas del Deuxième Bureau. Bajito, menudo, siempre con su pulido afeitado incluso en las más complicadas situaciones, Camazón aplastó el séptimo cigarrillo de la mañana en el cenicero para tomar otro de su pitillera y encenderlo sin pasión. Desencriptar y fumar, no tenía más propósito en la vida.

— Nosotros y los quince polacos de la sala de al lado somos lo único que queda del PC Bruno —dijo mientras se estiraba con un gesto amable en los labios—. Señores, a trabajar.

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