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En navidad

Me tocó, qué le vamos a hacer. Otro año más. Otra Navidad.

Llego a la base y lo primero es saludar a los compañeros que salen de guardia. Qué tal, cómo ha ido, felices fiestas, esas cosas. Compañerismo y cordialidad. Luego el parte, las salidas, qué se ha hecho y qué no, etcétera. Hasta el garaje ha sido engalanado con un árbol gigantesco con adornos que han traído de Dios sabe dónde. Ojeo el turno y veo que va a ser una muy feliz Navidad: Me toca con el capullo de Agustín, hay que joderse. Le veo al fondo de la cocina, tomando un café antes de revisar el camión. Su cara al verme llegar es un poema.

Nos odiamos desde que me trasladaron aquí, hace ya un par de años. Él es más joven que yo, con menos tiempo en esto, y por eso me tiene tanto rencor; porque le dije cómo debían de hacerse las cosas desde el principio. Fui yo quien hablé con el jefe en cuanto vi el percal para que le pusiese las peras al cuarto. Aquello no me hizo ganar amistades, pero eso es secundario. Somos bomberos y ante todo debemos ser profesionales. Nuestras vidas y las de otros dependen de ello.

Aparto una cortinilla de espumillón que cuelga del portón del garaje y me coloco a la par de nuestro camión. Es un vehículo de salvamento y rescate, el estándar en accidentes de tráfico. El que más suele moverse en estas fechas. Dentro vamos cagados cuando Gutiérrez apura las curvas a más de cien por hora, pero el tipo ni pestañea. Él ya ha terminado de revisar su parte con el gorro de Papá Noel caído sobre la frente, y ahora nos toca a nosotros hacer lo propio con la impedimenta. A mí y al capullo de Agustín.

Cascos. Sí. Hachas. Grande y pequeña; afiladas. Pinza hidráulica. Ajám. Empalmes. Así vamos punto por punto, despacio y con calma, que para apurarse ya habrá tiempo. Debemos asegurarnos de que todo está listo para su uso, es el procedimiento. Nuestras voces son secas, apropiadas para el recuento y nuestros rencores personales. Él nunca me perdonará que le echase al jefe encima, y yo jamás entenderé que fuese tan irresponsable. Sólo me queda la honrilla de verle ahora convertido en un profesional de los pies a la cabeza. Su competitividad conmigo, casi a la altura de su corpulencia, es tan grande que desde que le llamaron al orden se esmera en hacer todos los ejercicios mejor que yo, lo que me espolea a mí también a mejorar. Al final el que más se ha beneficiado de esta rivalidad ha sido el cuerpo de bomberos.

Una vez acabada la revisión él se va por un lado y yo por el otro. Comemos polvorones con los compañeros, bromeamos sobre el belén de restos de mangueras viejas que alguien ha preparado y hacemos la comida de Navidad entre todos.

Echamos de menos a nuestras familias.

En una esquina, las botas y el pantalón están listos para saltar sobre ellos en cuanto suene la alarma. Que ojalá no suene, pero seguro que lo hará. Siempre lo hace en estas fechas.

Después de comer nos damos los regalos del amigo invisible, que ha sido convenientemente amañado para que yo no tenga que regalar a Agustín y viceversa. Los compañeros saben de nuestro rifirrafe, así que ¿para qué forzar las cosas? A mí me toca una amorosa bufanda de lana que, por la pinta, parece que la ha tejido la mujer de Gutiérrez. Es marrón con llamas en las puntas, muy chula. Le agradezco el gesto y se encoge de hombros; las cosas no van bien en su casa. El sueldo, ínfimo comparado con el riesgo de dejar viuda y tres huérfanos —amén de una madre demenciada que vive con ellos en casa—, no da para más. Y encima tiene que estar aquí, de guardia, por lo que pueda pasar. En Navidad.

Ya anochece y el silencio empieza a adueñarse del comedor. Incluso el olor del aire ha cambiado, del rico aroma de la comida a la gasolina y el seco frío del garaje. Es ahora cuando las posibilidades de llamada aumentan, con familias abandonando celebraciones y restaurantes para volver a sus hogares enfrentándose a conductores bebidos, temperaturas en descenso y luces escasas. Porque los adornos navideños están muy bien, pero no salvan vidas. Para eso estamos nosotros. De guardia. En Navidad.

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