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En la trinchera

Las miradas lo dicen todo. Apoyados los unos sobre los otros no tanto de forma física sino moral. Sabedores de que comparten un pensamiento común, una idea común: ninguno quiere estar allí. Desde esa trinchera improvisada observan el exterior sabiendo que a cada uno le va a llegar su hora, y que por tanto el desenlace es inevitable. No hay  esperanza para ninguno.

En el flanco izquierdo, un hombre de unos cincuenta años respira hondo, como si estuviera reuniendo valor. Dos horas, repite constantemente mientras mira el reloj, sin buscar con la mirada el apoyo que sabe que tiene por nuestra parte. En el derecho, un joven revisa su móvil con desesperación. Él todavía no lo sabe, pero está condenado a perderse en esta guerra. Aún no tiene cicatrices, pero las tendrá.

A lo lejos se oyen gritos, revuelo, pasos… alguna de esas pisadas terminará por dirigirse hacia ellos, como una suerte de ruleta rusa en la que una mano invisible mueve el revólver sin dar pistas de su próxima víctima.

    – ¿Alguien sabe cómo va el partido?

Ninguno acierta a ver de dónde ha venido la pregunta, pero al poco alguien responde sin demasiado entusiasmo. Es imposible tenerlo allí dentro.

    – Empate.

    – Menuda mierda.

Nadie más abre la boca. Nadie dice nada. Todos evitan cruzar los ojos pues saben que sólo les queda resignarse ante lo inevitable.

De pronto la megafonía del enemigo lanza un aviso que retumba en los oídos de los valientes soldados haciéndoles negar con la cabeza. Ese sonido significa que van a ir a por ellos. Los pasos que resonaban alrededor cambian de dirección, acercándose peligrosamente hacia su posición. Las manos se tensan, los párpados caen agotados. En breve habrá bajas entre sus filas.

    – ¡Antonio! -un hombre de cincuenta y tantos levanta la cabeza aceptando su destino-. Antonio, ¿has oído? ¡50% en zapatería! Vamos antes de quedarnos sin tallas, que tú también necesitas unos zapatos nuevos.

El tal Antonio se levanta cargando con dos bolsas llenas de ropa y abandona la trinchera con el triste consuelo de saber que no será el único, pues ya vienen en masa las mujeres de Juan, de Alberto o de Rodrigo para arrastrarles al infierno de la sección de zapatería.

El resto se quedan donde están, muy quietos a la espera de que sus mujeres regresen de donde quiera que estén probándose ropa, dispuestos a cargar con fardos pesados como cadáveres y encarar una lucha para la que no tienen escapatoria.

 

Foto de portada: ©Pexels

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1 comentario en «En la trinchera»

  1. Jajajaja muy hábil. Estaba entregado en una guerra que hasta que sale el móvil. Muy ingenioso. Que alegría, estás guerras solo se ganan el el bar, esperando a las compras de las superioridades.
    Un abrazo

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