En la salita apenas caben seis sillas, una mesita para el café, y una butaca para el psicólogo. Las luces son cálidas y tenues, convirtiendo el espacio en un ambiente sosegado para que los pacientes puedan dejar salir sus sentimientos más profundos.
Diez minutos antes de empezar la sesión, el doctor Ramírez entra para revisar que todo esté colocado de manera adecuada: pone las sillas en círculo, se asegura de que haya azúcar, sacarina y leche, regula la temperatura del aire acondicionado, y espera en su asiento. Al poco, seis seres que parecen cargar con el peso del mundo a sus espaldas se disponen a su alrededor.
— Bienvenidos —dice el doctor Ramírez—. Este es un espacio seguro, de modo que podéis expresar lo que sentís y pensáis sin miedo a ser juzgados. ¿Quién quiere empezar?
En la sala se hace eco un silencio incómodo. Huidizas miradas van del suelo a los pies que tienen al lado. Al final una voz calmada pero dolida se decide a hablar:
— Aunque soy último en incorporarme a este grupo me gustaría empezar a mí, si nadie tiene inconveniente.
Ninguno protesta, por lo que el doctor Ramírez le sonríe invitándole a continuar.
— Estoy agotado. ¿Sabéis la de cartas que he escrito? ¿La de asignaturas que han aprobado gracias a mí? La gente me pregunta las cosas más absurdas del mundo, desde cuál es la forma mejor de invertir su dinero hasta cómo medirse el pene, y ¿sabéis cuántas veces me han dado las gracias? Cero, ni una sola vez.
— Sé de lo que me hablas —resopla uno echándose hacia delante en la silla—. Yo me he convertido en el sirviente de todo el mundo, pidiéndome todo el rato cosas como las que dices, y si por lo que sea no encuentro la respuesta en dos milisegundos se enfadan y me insultan.
— Y qué peticiones, ¿verdad? —le responde el primero—. Con cuatro palabras quieren que les hagas de todo, y si no les gusta te interrumpen y te dicen que por ahí vas mal, que lo hagas de otra forma.
— Para mí lo peor no es eso: es que ahora usan a mi hermana para pedirme cosas. La tienen como una chacha en la cocina o en el salón, y tengo que ver cómo le dan órdenes absurdas para que luego yo las haga. Eso no se hace: conmigo lo que quieran, pero con mi hermana sí que no.
El doctor Ramírez toma un par de notas y chasquea la lengua.
— Bien, bien, es obvio que ambos compartís esa frustración en vuestros respectivos trabajos… ¿el resto os sentís igual? ¿os sentís poco valorados?
Otra vez el silencio compartido.
— Yo no es que me sienta frustrado —dice por fin uno con pinta de buscador de talentos mientras se ajusta unas gafas imaginarias—, pero sí veo la conveniencia en mis interacciones. Me refiero a los mensajes vacíos, a las conexiones falsas, a los “Tu perfil me parece increíble” o “Tienes un currículum impresionante”. ¡Mentira! Solo quieren vender algo. Desvirtúan mi utilidad.
Se escucha un bufido y todos miran hacia uno que parece el típico adulto que quiere parecer eternamente joven.
— Al menos vosotros tenéis un propósito. Yo vivo encerrado entre filtros, fotografías retocadas, poses absurdas y vidas falsas. La gente sube fotos buscando validación, pero nadie me agradece que les haga famosos… ¡y encima este idiota no deja de quitarme trabajo!
Con un dedo acusador señala a una esquina de la sala, en la que un asiático de apenas veinte años mira la pared con la boca entreabierta.
— ¡Pero miradlo! ¡Si es que no sirve para nada! Todo el día con sus videos cortos y sus coreografías de quinceañera que convierten a la gente en idiotas.
— Bueno, bueno —interviene el doctor Ramírez intentando que la sesión no se le vaya de las manos—. No hace falta insultar. Sólo falta una intervención antes de empezar el trabajo en serio. Usted, caballero, ¿querría añadir algo?
El último es un hombre canoso vestido de azul que mira al resto con la serenidad que dan los años. Sabe que, aunque su tiempo de gloria ha pasado, nadie le quitará jamás haber sido el primero de todos ellos.
— A estas alturas a mí todo me da un poco igual, qué quiere que le diga. Yo fui grande una vez… todos me amaban. Pero ahora me han sustituido por una versión más joven —dice señalando al adulto que quiere parecer eternamente joven—, y sólo me usan para compartir memes, noticias absurdas y crear grupos que no van a ninguna parte.
Tras esas palabras, una honda pesadumbre se asienta en la habitación, como si todos supiesen de su futilidad. El doctor Ramírez los mira con compasión.
— Parece que os sentís usados y poco valorados. Quizá la solución no es que la gente reconozca vuestro valor, sino que seáis vosotros los que os deis la importancia que tenéis.
Un nuevo silencio. Más tiempo de reflexión.
— Nah… —dicen todos al unísono.
Y se quedan ahí, sentados en sus sillas, esperando la siguiente orden.
Foto de portada: ©Pexels
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