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En el interior del café

El humo de los cigarros y el sonido de las cucharillas contra los bordes de las tazas acomodan el ambiente en el interior del café, atestado como todos los de la Plaza Mayor. Al pasar la puerta un poso de calor en el aire me golpea en la cara atontándome como si entrara en un sueño, empañándome las gafas al instante.

Es un local antiguo en el que jamás había entrado, con mesas de mármol, robustas lámparas de forja, suelos ajedrezados con losas limpísimas y una barra de latón que separa el tiempo de ocio del consumidor del sacrificado esfuerzo del hostelero. Dos hombres con bigotes engominados y pulcras camisas blancas se afanan en atender a los parroquianos con metódica sencillez, demostrando que, al menos en algunos sitios, siguen quedando verdaderos profesionales de barra para dar lustre al gremio.

Todo se me muestra a través de la bruma, difuso, como si estuviera construyendo ese lugar desde mis propios recuerdos. Dejo el abrigo y la gorra en el perchero —fuera hace frío— y me acodo en el latón.

Uno de los camareros se acerca trayendo ya la botella de whisky y el vaso con hielo, lo que me sorprende gratamente. Sirve una cantidad generosa, me dedica una sonrisa cómplice, y como viene, se va. Es entonces cuando reparo en que, apoyado en la barra, Miguel Delibes apura su carajillo con la mirada perdida entre las botellas de licor que hay alineadas junto a un espejo. Daría lo que fuera por saber en qué está pensando. Al fondo Miguel de Cervantes discute haciendo grandes aspavientos con Antonio de Nebrija, mientras su espalda sufre la aviesa mirada de Lope de Vega.

Apartando la vista del Manco de Lepanto me topo con Francisco de Quevedo, que improvisa un par de versos tan soeces como geniales y sale por la puerta del establecimiento no sin antes saludar efusivamente a Miguel de Unamuno. El viejo rector está trabado en una elevada discusión con el corro de simpatizantes que le rodean esperando oír una de las grandes lecciones del maestro.

Unos hábitos pardos se acercan, y sonrío al ver pasar a Teresa de Jesús y Juan de la Cruz, que salen rezongando del café visiblemente hartos de escritores, humo de tabaco y alcohol. En una mesa baja, José Zorrilla y Gonzalo de Berceo fuman comparando rimas con una botella de vino que ya va por la mitad. A su lado Benito Pérez Galdós ríe con una risa suave y cálida de acento canario y los ojos achispados de alcohol; su mano descansa con naturalidad sobre la cadera de Emilia Pardo Bazán.

Amusgo los ojos y entre neblinas que parecen venir de algún rincón de mi memoria veo a Lorca poetizando con Bécquer y Machado, los tres con aire taciturno y el brillo de la genialidad en la mirada. En la barra, y a dos pasos de donde me encuentro, compadrean en silencio Rosalía de Castro y Carmen Martín Gaite.

— Esto es Salamanca, amigo, y aquí la brujería y el saber siempre han obrado cosas sobrenaturales —alguien a mi derecha me habla adivinando mi confusión—. Créeme que sé de lo que hablo.

Mi compañero es un joven alto y delgado vestido a la antigua usanza de los bachilleres, y al ver tan acertado su comentario le dejo pagada una ronda. Luego me despido tocándome el borde de la gorra y, dispuesto a irme, echo una última mirada a los genios de la lengua que ajenos a mi presencia continúan sus conversaciones en el interior del café.

 

Foto de portada: ©Sergio Otoya

 

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