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En el camerino

Por la megafonía del auditorio escucha a la orquesta atacando la obertura. También ha oído los aplausos al concertino, el la del oboe para afinar y la ovación al director. Es el típico señor mayor en frac algo bajito y regordete pero lleno de majestad cuando se sube al podio. De los que conocen el oficio y dejan tocar. De los que valen.

Ella espera, paciente, en su camerino. Haciendo sus ejercicios de respiración. Estirando. Tocando por enésima vez ese pasaje imposible que domina a la perfección. Expectante.

No recuerda cuándo aceptó hacer ese concierto en particular. Es lo que tienen las agendas, que se llenan con años de antelación haciendo imposible saber el momento exacto en el que se completan. Para eso están los agentes, que para algo cobran. En realidad importa poco: esta temporada ha preparado un total de seis obras, y las alterna frente a las audiencias de medio mundo con total naturalidad. Es la ventaja de haber llegado lejos en lo suyo —el violín—, que le permite elegir qué repertorio tocar y cuándo tocarlo. No como cuando ofrecía sus primeros conciertos, en los que le imponían fecha, repertorio, caché y casi hasta el vestuario. Porque esa es otra: qué se pone y cómo se lo pone, no vaya a ser tan descocado que, como mujer joven que es, la gente se centre en el modelito más de la cuenta. Que impacto hay que causar, pero luego viene la música, que es lo importante.

Con un atisbo de duda en la mirada se enfrenta al espejo por quinta vez desde que se ha cambiado. Se ve más huesuda que cuando empezó la gira, hace ya dos meses, aunque el vestido le sigue quedando tan bien como siempre. Serán imaginaciones suyas. Es una prenda de corte clásico, negra, ni corta ni larga, lo suficientemente ceñida como para insinuar sin ser vulgar, y lo justo de amplia para permitirle moverse. Poco importa lo guapa o fea que vaya si no puede tocar por culpa de una sisa demasiado tirante.

Los zapatos también hay que tenerlos en cuenta. Ahora va descalza, notando el frescor de la moqueta acariciando las plantas de sus pies, fiel a su tradición más íntima: no se calza hasta que no escucha los aplausos de la obra anterior. La única vez que no llevó a cabo el ritual se tropezó al salir al escenario y por poco no se partió un brazo al caer protegiendo a su instrumento, al que afortunadamente no le pasó nada. Desde entonces los zapatos, con su respectivo tacón de cuatro centímetros —la altura perfecta para realzar sus piernas sin convertirse en un peligroso andamio sobre el que tocar—, se encuentran siempre a la espera junto a la puerta del camerino.

Resoplando acaricia la vieja partitura con la que ha trabajado el concierto durante los últimos meses. En realidad lo toca de memoria desde que tiene dieciséis años, pero no se ha decidido a incorporarlo a su repertorio hasta hace dos temporadas. No por una cuestión técnica, sino porque se veía joven para enfrentarse a esa obra. Sonríe al pensarlo, porque ahora lo ve una tontería, sin embargo hay ciertas leyes en el circuito y no conviene saltárselas. Qué dirían los críticos.

Pasa las hojas llenas de tachones y marcas de varios colores y se da cuenta de lo que ha cambiado su vida, de lo que ha cambiado toda ella en apenas unos años. Los primeros apuntes parecen hechos por una mano distinta a la suya, más firme en su ignorancia. Ahora tiene más experiencia, controla su instrumento y sus impulsos, aunque tampoco una excesiva vigilancia es buena: se corre el riesgo de matar el espíritu libre e inmediato de la música. Además los años dan conocimiento, y por el conocimiento es por donde se cuela el miedo.

El miedo.

Años creando un sonido, una imagen, una carrera. Años que por una mala crítica pueden desaparecer de un plumazo. Ese es un miedo importante. Otro es el miedo a quedarse en blanco, cosa que jamás le ha ocurrido pero para todo hay una primera vez. El absurdo e incontrolable miedo a que se rompa una cuerda, o el arco…. Miedo al directo. Miedo al mismo miedo.

Un sonido por la megafonía del auditorio la trae de vuelta a su camerino, a la partitura entre sus manos, al violín esperando sobre la mesa junto al arco. Aplausos. Los que marcan el fin de la obertura.

Es el momento de ponerse los tacones, respirar hondo, sonreír y disfrutar.

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