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El zoo

Sus pasos eran los de cualquiera que camina sin prisa. El lugar, uno por el que no parecía pasar el tiempo. Cruzaban las calles vacías, ellos dos, padre e hijo, disfrutando del paisaje de grandes jaulas llenas de criaturas somnolientas. Era una reserva gigante y por doquier había enormes construcciones con grandes ventanales a través de los cuales se podía ver a los animales confinados.

Llegaron a un cruce y decidieron abandonar la gran avenida por la que venían caminando para internarse entre las callejuelas aledañas, sin árboles y con jaulas más bajas, aceras estrechas y cubos llenos de basura.

— Papá, tengo sed.

El pequeño, algo cansado del paseo, empezaba a reducir el tamaño de sus zancadas hasta el punto de tener su padre que empujarle con cariño hasta una fuente cercana. Bebieron y descansaron bajo un cielo sin nubes, y se sorprendieron al ver a una de las criaturas mirándoles desde su jaula. Tenía los ojos vacíos, como agotada de vivir su encierro. Había algo realmente lastimero en su rostro.

El padre reparó en que no era la única criatura que les miraba: decenas de ojos lo hacían también desde otras ventanas. Había ojos viejos y ojos jóvenes, incluso daba la impresión de que se avisaban para no perderles de vista. Su normalidad enjaulada estaba siendo alterada por su presencia.

Ajenos a la inquietud de las criaturas, siguieron su camino charlando en voz baja hasta toparse con una de ellas parada en mitad de la calle.

— ¿Qué hacemos?
— Tú espera hijo —respondió el padre protegiendo a su vástago con el cuerpo—. Seguro que se asusta y se marcha.

La criatura les retaba con la mirada, mitad orgullosa mitad asustada. Por su tensa postura estaba claro que no sabía si irse corriendo o mantenerse firme, pero en cuanto el padre avanzó un paso optó por batirse en retirada: con elegante parsimonia se giró hasta una portezuela con reja metálica a través de la cual desapareció.

Padre e hijo cruzaron parques infantiles y jardineras, y cuando ya llevaban mucho rato perdidos entre jaulas el pequeño empezó a darse cuenta de algo. No sólo la primera criatura que les había mirado tenía los ojos vacíos y agotados del encierro. Todas guardaban en sus pupilas el hastío del confinamiento, la tristeza y el dolor de verse privadas de libertad.

Una ráfaga de viento trajo una bolsa de plástico que se enredó en la pierna del hijo. El padre bajó el hocico y tiró de ella con sus fuertes mandíbulas, arrancándola de la pezuña de su cría, que intentaba apartarse para que la gran cornamenta de su padre no le raspase el pelaje.

— Parecen tristes, ¿no?
— No te preocupes hijo. Dentro de un poco serán las ocho y saldrán todos a los balcones mucho más animados.
— Pobres humanos —respondió la cría mirando los ventanales de los edificios.
— Sí, pero son bonitos de ver así, ¿verdad?

Los dos ciervos siguieron su paseo entre las farolas cruzando la ciudad desierta, mientras en un balcón lejano empezaban a escucharse los primeros aplausos de la tarde.

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