Todavía no sé por qué nos pareció buena idea hacer aquella gira. La pagaba la diputación con no se qué dinero para dinamizar toda la comarca. De los cinco conciertos, el de Peranzanes era el más grande de todos, y eso que no superaba los trescientos habitantes. Manolo lo llamaba el Woodstock del Bierzo.
Corría el año sesenta y siete y Los Hechiceros, banda de la que era orgulloso bajista y cantante, había dado sus primeros conciertos antes de conseguir esa pequeña gira por la provincia de León. Hasta ahora todo habían sido parroquias y casas de cultura, y el éxito que habíamos conseguido podía calificarse, en el mejor de los casos, de escaso. El único que se había llevado algo de todo aquello era Manolo, que había conseguido besar a una chica después de un concierto. Sin embargo al resto nos daba igual: teníamos diecisiete años, melenas alborotadas y todo el verano por delante para hacer música.
El coche que nos llevaba a Peranzanes era un R4 con cuatro asientos atrás, así que me tocó hacer el viaje con mi bajo Hofner botando entre mis piernas. Yo lo resguardaba con mimo sobre los muslos, pero entre la suspensión criminal del R4 y los socavones aún más criminales de la carretera temí por él durante todo el camino. Afortunadamente cuando lo revisé al llegar pude comprobar que no le había pasado nada.
Lo primero que notamos al bajar del coche fue el silencio. Eran las cuatro y media de la tarde de un caluroso día de julio, y el bochorno era tal que ni las chicharras se atrevían a moverse en la sombra del campo. Desde las ventanas muchos pares de ojos se nos quedaban mirando como si viniésemos de otro planeta. No era para menos: cuatro melenudos con pantalones de campana, camisetas abiertas en el pecho y un señor de traje de la diputación que nos hacía de chofer sacando un montón de cables, bafles e instrumentos en medio de la plaza del pueblo. Debíamos parecerles astronautas.
Montamos en un lateral de la plaza del pueblo, y para cablear el equipo nos acabaron dejando un único enchufe del bar tras prometer que no haríamos que saltase la nevera. Las prioridades estaban claras.
A las ocho, cuando las sombras empezaban a aparecer en las esquinas y la temperatura bajó, empezó el concierto. Ofrecimos todo nuestro repertorio, con mucho rock británico y los Beatles como plato principal. No soy zurdo, pero me sentía como Paul McCartney viendo cómo los viejos del pueblo nos miraban extrañados desde sus sillas de tijera. Los más jóvenes empezaron a aplaudir arrastrando al resto de la gente y al final nos ovacionó hasta el cura. Nos llamábamos Los Hechiceros, pero esa tarde éramos los Beatles de Peranzanes.
Hora y media más tarde nos pidieron hasta bises, teniendo que arrancarnos con canciones populares porque el repertorio se nos había acabado. Al terminar nos invitaron a cenar en la que fue la primera cogorza de mi vida. Lo pasamos genial.
Cuando nos montamos de nuevo en el R4 con el señor de la diputación y miramos atrás nos dimos cuenta de que Manolo tenía razón: aquello había sido el Woodstock del Bierzo.
Foto de portada: ©Pexels
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Jajajajajaja eso es lo que tienen los pueblos, vas de forastero y sales amigo de todo el mundo, mamao y borracho.
Muy chulo el relato de hoy, fin de Aries por este año.
Me ha gustado.
Un abrazo