Un domingo más estoy apostado en lo alto del campanario con mi rifle. Vigilando para que otros puedan rezar. No es que sea un campanario muy alto, es más bien un pequeño cubículo sobre el techo de chapa de la iglesia con una pequeña campana y una cuerda que sirve para llamar a misa. Sin embargo cumple su función: puedo verlos venir si deciden atacar.
Vivo en Bokkos, Nigeria, desde hace tres años. Llegar aquí no fue una elección fácil, ni siquiera una elección propia. Fue como si Dios me hubiera mandado aquí.
Comencé mi andadura en el mundo de la guerra muy joven; un camino pavimentado por una infancia difícil, nulo interés por los estudios y la imposibilidad de entrar en el ejército de mi país. Con el tiempo pasé a unirme a gente poco recomendable con la que acabé dando palizas a personas que ni conocía. Y al final fue más violencia lo que me sacó de allí: entregas de dinero en los Balcanes, apoyo a la ONU en África, tiroteos entre bandas en Sudamérica, caza de piratas en el Pacífico… he trabajado por todo el mundo y he visto de todo, mayoritariamente malo. Son las cosas de la guerra, que sacan lo peor de cada uno. Aunque también lo mejor.
Por eso estoy en Bokkos, creo.
Conocí a Dios en el momento que más cerca he visto la muerte. Tan mal estuvo la cosa que fueron los soldados del ejército francés los que me rescataron. A mí, un simple mercenario privado. Mientras me recuperaba en la base, un capellán vino a verme. Creo que quería visitar a otro enfermo, pero se quedó conmigo y me habló de su fe.
Esa misma tarde el capellán murió en un atentado mientras iba a visitar enfermos fuera de la base.
El tiempo pasó y seguí con mis contratos, unos más largos y otros más cortos. Algunos sencillos y otros peligrosos. Pero las palabras del capellán seguían resonando en mi interior. Fue entonces cuando empecé a buscar. Cuando le encontré a Él.
Para alguien como yo, el periodo entre contratos es casi tan peligroso como el trabajo. En un piso pequeño y sin arraigo la cabeza da muchas vueltas. Las calles se ven de otra forma, los instintos saltan y la sociedad se ve débil.
Por eso vine a Bokkos.
Para cumplir con una misión que diera sentido a mi vida: proteger a los creyentes de los que les asesinan por profesar en un lugar al que nadie más le importa.
El cura de la ciudad, un misionero boliviano, se negó en un principio. Hasta que llegó el siguiente ataque y pude salvar la iglesia. Aquí hago falta y la gente de este lugar me lo agradece todos los días trayéndome alimento y bebida.
Me llaman el vigía, el soldado de Dios, pero yo no tengo tan claro que sea así. Mi vida no es muy distinta a los contratos que hacía antes. Sólo ha cambiado el propósito, o eso quiero creer.
Pero, por alguna razón que no termino de comprender, eso hace que me sienta en paz conmigo mismo por primera vez en mucho tiempo.
Foto de portada: ©Pexels
¿Te ha gustado el relato?Deja tu opinión en un comentario o si lo prefieres cuéntamelo en Twitter o Instagram. Y si quieres más puedes descargarte mis libros Confinados y Un día en la guerra totalmente gratis en esta misma web. ¡Disfruta de la lectura! |