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El viejo guía

Es martes por la mañana y el museo acaba de abrir. No es un museo grande y famoso como el Prado o el Hermitage, ni tiene bellas pinturas de valor incalculable en las paredes. Tampoco es uno de esos museos modernos, dentro de un edificio moderno, con obras modernas para tiempos modernos. Es un museo militar, en el que la historia del arte de matar se convierte en una pieza de exposición a la que pocos tienen el interés o el coraje de exponerse.

En la puerta hay una mujer tan amable como quieta que nos da la bienvenida con exquisita educación, pregunta de dónde venimos y nos recomienda el itinerario más adecuado. Empezamos por el patio, solemne como todo el edificio, y caminamos hasta la primera sala; allí esperan decenas de cañones de todas las formas, épocas y tamaños imaginables: unos anticarro, otros de costa, más allá uno que tira a veinte kilómetros, este que sólo tira a cinco… Somos los únicos visitantes, y estamos mudos ante la abrumadora capacidad de destrucción encerrada en esa sala alargada y silenciosa, como si los ecos de los disparos de todas las armas todavía las rodearan en recuerdo de las almas que se llevaron por delante durante sus muchos años de uso.

Es entonces cuando resuenan unas pisadas al fondo del corredor y el viejo guía del museo aparece: bajito, de paso arrastrado con una gigantesca giba que le une los hombros por detrás de la cabeza, barba blanca de venerable sabio y la mirada traviesa y brillante de aquel que ha vivido mucho y aun así sigue presentando batalla.

– ¿Lo quieren ver abierto? —pregunta sin saludar señalando el más grande de los cañones.

Nosotros respondemos que por supuesto y entonces él, con toda la tranquilidad que le da el saberse en sus dominios, se acerca a ese monstruo de metal, retira con desgana un cartelito que dice “no tocar” —esa petición no va con él—, y abre la compuerta del cañón para desnudar su ánima a nuestros curiosos ojos. Esto va aquí, la carga se colocaba allá, con aquella grúa de allí se subía una carga de ochenta kilos, que es pequeña al lado del cañón grande, que dispara unas que verán en la sala siguiente, de ochocientos cincuenta kilos… Así el viejo guía de museo sigue hablando de su feudo, y el brillo de sus ojos crece un poco más si es que eso es posible.

— Todo esto lo sé porque un grupo de los que estamos aquí los reparamos y ponemos a punto, pero vamos… —el brillo de los ojos parece temblar un instante—. No sé yo cuánto aguantaremos, porque yo soy el más joven del grupo y tengo setenta y siete años…

Con esa última frase se despide con su paso arrastrado y su joroba gigante entre cañones, balas y uniformes. Normal que el viejo guía tenga esa joroba, pienso antes de volver a perderme entre el material bélico y mi imaginación. En esas espaldas lleva él solo toda la dignidad de la institución.

 

Foto de portada: ©wikipedia

 

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