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El viejo cretense

Yo ya estaba aquí cuando Minos hizo construir el laberinto y encerró en él a la bestia. Era entonces niño, pero mi memoria aún alcanza a recordar la valentía de Teseo y el amor que Ariadna le profesaba. Pude ver también al gran Heracles buscar al toro del que se había enamorado Pasífae, así como a Dédalo ensayando sus primeros vuelos con su hijo Ícaro. Generaciones más tarde, en el tiempo que tardé en crecer y convertirme en un joven de buen talle, pude maravillarme ante la belleza de Helena, la mujer más hermosa de toda Grecia, y sentir en mis ramas el viento que llevó a Odiseo hasta Calipso. Puedo contar todo esto porque soy un anciano que ha vivido una vida larga, pues nací en la época en la que dioses y héroes todavía pisaban la tierra.

El mundo perdió su magia a lo largo de los siguientes siglos, que pasaron por mí como si de apenas un suspiro se tratase. Yo seguía creciendo fuerte y sano en el campo cuando los tambores de la guerra resonaron de nuevo trayendo al Magno Alejandro a descansar bajo mi sombra. Tras su paso pudimos vivir un tiempo de paz, pero a su muerte otros pusieron los ojos en mi isla, que pronto se vio convertida en un refugio de piratas. Pasó poco tiempo hasta que la presencia de los bucaneros chocó con las ambiciones de un emperador lejano que trajo a sus legiones para reclamar el dominio de estas tierras. Fue entonces la primera vez que escuché que el hijo de Dios había muerto crucificado en Judea, algo que me pareció absurdo pero que marcaría mi vida durante casi un milenio.

Un día aparecieron en nuestras costas muchos barcos que traían gentes diferentes a las que yo conocía. Hablaban otro idioma y para ellos en la cruz no había muerto el hijo de Dios, sino tan sólo un profeta. Conocí a varias generaciones de estos hombres y cuando ya me había hecho a sus costumbres fueron expulsados de mi isla, poblándola de nuevo sus anteriores moradores. Durante esos años pude ver en los mares que nos rodean eternas luchas entre naciones que batallaban defendiendo sus creencias, en unas guerras que más tarde supe que se llamarían guerras de religión. Capaz de matar por la más noble de las causas, así es el ser humano.

Como no podía ser de otra forma, con el tiempo los dominadores de mi isla cambiaron muchas veces, llegando por fin unos pobladores que hablaban una lengua que me resultaba familiar. Esa lengua me hizo recordar mis días de juventud, cuando mis ramas producían sus primeras olivas y el Magno Alejandro reposaba a la sombra de mis hojas. Su idioma era indudablemente hijo de aquel, algo diferente y moderno, pero heredero del que hablaron Ulises, Helena y Dédalo. Oírlo de nuevo me puso muy contento.

Sin embargo a los pocos años llegó lo peor. Unos artefactos metálicos se asomaron al cielo una mañana, dejando una estela de explosiones y muerte a su paso. Perdí muchos amigos en esos días, unos arrancados para hacer zanjas en el suelo, otros ardiendo al reventar los proyectiles que llovían a decenas, y algunos tan antiguos como yo que acabaron sus días consumiéndose horrorizados ante la barbarie humana. Afortunadamente fue un periodo corto pero que recuerdo mucho mejor de lo que me gustaría.

Estos y otros sucesos que me guardo son el relato de mi vida. Una vida larga que me ha llevado a convertirme en uno de los seres vivos más ancianos del planeta. Pese a todo aquí sigo, asentado sobre mis raíces cumpliendo con mi función, que es aspirar aire, beber agua y producir cada año cientos de olivas; esa es la labor para la que vine a este mundo. Porque soy el viejo olivo de Vouves, el más antiguo de Creta, el que nació cuando dioses y héroes todavía pisaban la tierra.

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